Pelirroja Feroz

PrólogoEl cuaderno de cuero

Nunca me olvidé de él.

Ni del filo de su hacha, ni de cómo sus brazos me rodearon aquella tarde en el bosque, protegiéndome, cuando el “Lobo” intentó arrancarme la inocencia a la fuerza. No fui violada, pero sí me marcó para siempre. Y no por el miedo, sino por lo que sentí cuando él llegó mi salvador, el leñador. Ese salvador que se convirtió en mi primera fantasía.

Desde aquel instante, algo cambió dentro de mí. Algo intenso, muy íntimo. Dejé de pensar como una niña. Comencé a verlo con otros ojos diferentes a los de una niña asustada, a sentir esa punzada eléctrica entre las piernas cada vez que lo veía. Él no solo me salvó. Me despertó, me reveló la mujer que ya vivía escondida dentro de mí, esperando ser mirada, tocada y deseada.

Fue entonces cuando comencé a explorar mi cuerpo, a meter los dedos en la noche dentro de mí, a imaginarme que eran los suyos los que me penetraban, a mover la cadera sobre mi almohada húmeda, jadeando su nombre entre suspiros que solo yo podía escuchar. Aprendí a tocarme mientras pensaba en sus manos pesadas llenas de callos abriéndome las piernas, en su boca, con su barba áspera, devorándome, en su voz grave diciéndome que yo era suya. Cada orgasmo que tenía era un secreto y cada secreto, una nueva fantasía escrita en mi cuaderno.

Un cuaderno de cuero ya desgastado que me regaló mi abuela, sin imaginar lo que guardaría entre cada una de sus páginas: mi perversión más íntima. Mis delirios con el hombre que me salvó, pero que nunca me miró como yo deseaba. Fantaseaba con su cabaña en el bosque, con el calor de la chimenea mientras él me arrodillaba en la alfombra fría. Con su fuerza, con su dominio, con su sexo profundo, largo y rudo.

Él no lo sabe, pero lo deseo con cada parte de mi cuerpo.

Y lo peor, o lo mejor, es que sé que él también me desea. Lo he visto, en cómo contiene la mirada, en cómo traga saliva cuando paso cerca de él, en cómo tensiona la cara y aprieta los dientes si sonrío más de la cuenta, pero él finge, se hace el indiferente, el fuerte. Me trata como si aún fuera esa niña de hace cinco años. No me mira como mujer, tampoco me toca. No me dice nada.

Y eso me está volviendo loca.

Desde que regresé, todos los hombres del pueblo me desean. Todos bajan la mirada cuando cruzo las piernas. Todos se imaginan cómo sabe mi cuerpo bajo este vestido. Todos… menos él.

Y eso me enfurece, pero también admito que me excita mucho.

Hoy me lo crucé de nuevo, él bajaba al pueblo por leña y algunos víveres, lo vi montado en su caballo. La camisa estaba semi abierta, el torso sudado, la barba más gruesa, y entonces me miró, pero no como se mira a una mujer, me miró como si yo fuera algo prohibido, algo que no debe desear, como la fruta prohibida. Y se la imagina en la boca.

Hoy escribí una nueva fantasía. Pero esta vez, quiero que se haga realidad.

Capítulo 1

Lo vi a lo lejos, hablando con alguien, en la plaza del pueblo. Era temprano, el sol apenas comenzaba a calentar, el cielo estaba completamente despejado, con esa luz cálida, y yo iba con mi vestido rojo, el más provocador, uno que parecía decir: “mírame y peca”.

Él estaba hablando con don Gregorio, carnicero, y por un instante, el mundo se detuvo para mí. No escuché las voces de nadie más, no vi a nadie más. Sólo a él. Esa espalda ancha, esas manos, la forma de inclinar su cuerpo un poco al hablar, con esa voz serena que retumbaba en mi memoria y en mi entrepierna.

Mi cuerpo reaccionó al instante. Las piernas me temblaron, los pezones se me endurecieron bajo el corpiño. Sentí el latido en el clítoris palpitando e hinchándose cada vez más. Yo quería hablarle, quería que él me viera, que notara mi presencia. Quería acercarme como una mujer, no como esa niña que una vez rescató, pero… ¿Qué carajos le digo?

Y entonces lo recordé. La canasta, la puta canasta de mimbre que había dejado en casa, guardada por años. Era lo que yo usaba para llevarle pan y dulces a mi abuela cuando iba a visitarla, y que él me había ayudado a recuperar tras el incidente con el “Lobo”.

Corrí de regreso a casa. La saqué, la limpié con cuidado, como si fuera una reliquia. Le metí un par de cosas sin importancia, era una excusa, tan sólo para que tuviera algo de peso. Regresé de prisa a la plaza con ella en la mano, fingiendo andar por ahí, esperando que él aun estuviera por allí.

Y ahí estaba él, solo, como si el destino me estuviera calentando la cama o mi comida tal vez.

Me acerqué a él y fingí sorpresa.

—Oh… ¿eres tú… leñador? —como si yo no llevara años masturbándome con su imagen.

Él me miró fijamente con una leve sonrisa, y allí, el tiempo se detuvo para mí.

—Has crecido… Roja —fue lo único que me dijo.

Me dieron ganas de responderle “y tú no sabes cuánto”, pero me contuve.

—Venía a agradecerte… por lo que hiciste aquella vez en el bosque, tú lo entiendes. Yo nunca lo olvidé.

—No era algo que necesitara agradecimiento, Roja. Lo hice porque era mi deber ayudarte en ese momento, no iba a permitir que te hicieran daño.

Me mordí el labio, bajando un poco la mirada como si me sintiera avergonzada por sus palabras. Como si no tuviera las pantaletas completamente mojadas.

—Yo sí lo recuerdo, todos los días —le dije bajito.

Él me sostuvo la mirada un momento. Sentí que me miraba diferente, en lugar de ver una niña parecía estar al frente de una amenaza, y eso me gustaba.

Una amenaza silenciosa y dulce.

No hablamos más. Se despidió de mi con un leve gesto, tomando su sombrero. Y mientras se alejaba, supe que lo había conseguido: estaba dentro de su cabeza, o al menos, en su miembro, pude notarlo.

El hecho de volver a verlo luego de tanto tiempo me dejó con el corazón en la mano… y las piernas mojadas, pero no. No iba a correr tras él como una niñita, yo ya no lo era. Me mordí el labio, me di media vuelta y caminé con paso elegante y sensual que sabía que todos notaban, ese que hacía rebotar mi culo, uno que sabe lo que hace, porque yo lo sabía.

Esa tarde fui sola al río, en el bosque, el mismo donde cuando era niña recogía agua con una taza, como buena Caperucita… y donde casi me quitan mi inocencia, mi niñez y también donde casi me matan.

Años después, regresaba al pueblo convertida en mujer. En una mujer… para él, si era necesario. Iba tranquila, con un vestido más corto del que debería usar para “andar sola”, con las medias rojas bien puestas y sin ropa interior. Quería que el viento me tocara, que el bosque me viera, que él me sintiera cerca. Me acosté bajo el sol, cerca del agua, estirando las piernas con ganas. Cerré los ojos, sabiendo que ahora yo estaba en su terreno, en el terreno de mi leñador.

Lo escuché antes de verlo. Los pasos de su caballo, pesado, sus botas pisando el suelo, firme. No corrí, no me asusté, yo lo deseaba y estaba buscando ese encuentro.

—No deberías estar aquí sola —su voz me susurró y lo sentí como el viento entre las piernas.

Abrí los ojos despacio. Estaba ahí, enorme, parado a unos metros. Tenía su sombra en mi cara, camisa suelta, mirada que imponía pero que él mismo intentaba disimular.

—¿Y tú vas a salvarme otra vez si aparece el lobo, leñador? —le dije, con una sonrisa perversa.

No respondió. Me miró, bajó los ojos a mis piernas, que estaban abiertas sin disimulo, más bien como descaradamente. Él sabía lo que estaba viendo, sabía lo que no llevaba puesto. Y aun así… nada. El muy hijo de puta seguía aguantando.

Me levanté, lentamente, dejando que mis senos se marcaran debajo de la tela del vestido.

—Han pasado años… y todavía sigues igual de frío, o tal vez… ¿es que te asusta lo que ves después de tanto tiempo? O tal vez… ¿te gusta?

—No juegues conmigo, niña —dijo. Su voz era más fuerte esta vez, más… peligrosa.

—No soy una niña —me acerqué a él. Sentí el calor entre mis piernas con cada paso que daba—. No lo soy una niña, desde que me salvaste. Desde que… abriste mis ojos.

Quedamos frente a frente. Él tan alto y yo tan decidida. Sus ojos me recorrían por completo, aunque su cuerpo se mantenía inexpresivo, tieso, como una estatua.

—Tú no sabes lo que estás provocando. Me dijo

—¿Y tú no sabes lo que te estás perdiendo?

Silencio. Apenas una respiración profunda de su parte. Yo sentía mi corazón en el coño, latiendo con desespero, pero lo disimulaba.

—Si sigues viniendo así… si sigues mirándome con esos ojos, niña… no vas a poder correr cuando yo no pueda o no quiera evitarlo más.

—No te has puesto a pensar que tal vez eso es justo lo que quiero, mi querido leñador —susurré.

Me fui. Caminé despacio, sintiendo que él seguía viéndome, y que me miraba el trasero como una bestia hambrienta. Me estremecí de placer, sentía que ya la primera batalla la había ganado. Pero la guerra… apenas comenzaba.

La noche en que no pude dejar de tocarme

Esa noche no pude dormir. Me revolví en la cama, sintiendo cómo el calor me subía por la espalda hasta hacerme sudar. Cerraba los ojos y lo veía. Ese rostro duro, esa mandíbula que parecía tallada con rabia. Esas manos… Dios, esas putas manos.

Me toqué encima del vestido. Me apreté los pezones con fuerza, los sentía duros, muy duros. Deslicé una mano por mi vientre y bajé hasta encontrar mi vagina empapada. Me masturbaba desde los trece, pero ahora lo hacía con furia, deseo incontrolable, como una ninfómana. Con necesidad de que fuera él y no mis dedos.

Apagué la luz de mi cuarto, cerré mis ojos y lo imaginé. Abrí bien las piernas y me acaricié el clítoris, lento, con dos dedos. Imaginaba que era él, quien me abría las piernas con sus manos grandes, que metía su lengua fuerte y larga entre mis labios hasta hacerme llorar. Que me decía al oído con esa voz fuerte:

—Te advertí que no me provocaras, pelirroja…

Y entonces me cogía. Fuerte, salvaje. Me tiraba contra el tronco de un árbol y me la metía toda de un solo golpe, como un puto maestro. Sin avisarme. Sin pedirme mi consentimiento. Yo lo arañaba en su espalda, le enterraba las uñas, le mordía el hombro, le decía palabras obscenas al oído:

—Cógeme como si fueras una maldita bestia… Y él gruñía.

—No, zorra… yo soy peor que una bestia.

Metí los dedos dentro de mí, dos, luego tres, bombeando como loca. Rozaba mi vagina contra la cama, como si estuviera montándolo. Me apretaba los pezones hasta que comenzaba a doler.

Grité su nombre mordiendo mi mano. Sí, lo dije con la voz entrecortada.

—Ah… vamos… vamos… leñador…

Tuve un orgasmo largo y profundo, de los que duelen un poco, de esos que se quedan temblando dentro.

Cuando terminé, estaba desnuda, empapada en sudor y en mis fluidos. Y feliz.

Pero no satisfecha.

Yo no quería mis dedos.

Mi Visita nocturna al leñador

La siguiente noche decidí ir a verlo. La noche estaba hermosa, olía a humo y a algo más… algo animal. Mis botas crujían sobre la tierra húmeda del bosque mientras avanzaba por el camino que lleva a su cabaña. La luna estaba en todo su esplendor, me acompañaba, era mi cómplice, redonda y brillante, posándose sobre la copa de los árboles. Mi vestido, parecía pintado sobre mi piel, se movía con el roce del viento bajo él, nada más que mis medias de liguero y mi cuerpo caliente por el deseo.

Llevaba la canasta que preparé con cuidado: pan recién horneado hecho por mí, queso curado, una botella de vino tinto que traje de la ciudad y mis ganas empapadas entre las piernas. El corazón me latía con fuerza, con algo de susto, como si supiera que algo iba a pasar esta noche… o tal vez era solo el deseo mordiéndome desde adentro.

Lo vi, pero el a mí, no. Estaba afuera, frente a la cabaña, sentado frente a la fogata. El fuego hacía sombras masculinas con su cuerpo, marcando sus músculos, ese pecho amplio cubierto de vello que me imaginaba lamiendo y arañando. Vestía su camisa arremangada, los brazos sucios y sudorosos de trabajo y de hombre, y en una vara giraba lentamente un trozo de carne que dejaba caer grasa sobre las brasas. Dios… qué imagen. El bosque, el fuego, él. Todo en él era masculino, rudimentario, salvaje.

Di dos pasos más, y el crujido de una rama bajo mi pie me delató y lo hizo girarse. Nuestras miradas se cruzaron en ese instante. Sentí un jalón en mi vientre, ese latido caliente entre mis piernas. Él no me dijo nada. Simplemente me observó de arriba abajo como si intentara decidir si lo que veía era real, era comprensible, mi visita era sorpresa. Su mirada no fue vulgar… fue intensa, silenciosa, como un tigre que sabe que, si da un paso, no se va a detener.

—Hola, traje vino. —dije, y mi voz sonó suave, provocadora. Mi mano sostenía la canasta, pero lo que le ofrecía en realidad, era otra cosa.

—¿Viniste sola? —preguntó. No sonreía se limitaba a mirarme, como si pudiera ver lo que había entre mis piernas, pensaba si podía notar mi humedad.

—No quería molestar… pero hacía tiempo que quería agradecerte. Por lo que hiciste por mí. Por cómo me salvaste, ya te lo había dicho en el pueblo, pero nunca te lo pude agradecer con un detalle.

No me dijo nada. Me hizo un gesto de aprobación con la cabeza, pero como quien invita sin comprometerse, y se sentó en un tronco frente al fuego. Me acerqué. Dejé la canasta a un lado y me senté también, justo frente a él. Mi falda subía cada vez que cruzaba las piernas. Lo sabía. Y lo hacía lento, calculado. Me agaché para sacar las copas y el vino, permitiendo que mi escote hablara el idioma que mis labios todavía no pronunciaban.

—¿No tienes miedo de estar sola en el bosque? —me preguntó con ese tono suyo, grave y pausado, como si midiera cada palabra que salía de su boca.

—No… —le dije mientras le devolvía la mirada—. Pero debería.

Serví el vino. Bebimos. El queso empezó a ablandarse con el calor del fuego. Mis piernas también, pero por tenerlo cerca de mí. El silencio entre nosotros era tan espeso que casi podía sentirlo sobre la piel. Él no me decía nada, pero yo podía notar algo. Notaba cómo me miraba, aunque lo escondiera, cómo bajaba la vista disimuladamente a mis piernas, a mis labios, a mis senos y lo que había debajo de mi falda. Yo sabía que él me deseaba y eso me volvía loca.

—¿Qué pensaría tu madre si te viera aquí, sentada conmigo a solas, vestida así, bebiendo vino y lejos de casa, donde no estás segura? —me dijo.

Me reí, lento, disfrutando cada palabra.

—Pensaría que ya no soy una niña… y que sé muy bien lo que quiero. Pero también pensaría que estoy a salvo de nuevo.

Se le endureció la mandíbula. Por un momento, creí que iba a levantarse, pero no lo hizo, solo bajó la copa, apoyó los codos sobre sus rodillas y me miró de frente.

Sus ojos perversos, pero no malvados. Quise decir algo, pero su voz fue más rápida, fuerte.

—Vete antes de que lo que quiero hacerte me haga olvidar que tú no sabes en qué te estás metiendo. Que eres una niña.

Y entonces, en ese momento supe que había logrado lo que quería. Que él se estaba controlando. Que el hombre que todos respetaban y con el cuál no se enfrentaban, ese que yo deseaba más que nada, estaba al límite, a punto de complacerme.

No me moví, solo sonreí… Porque yo no pensaba irme

—¿No me deseas? —le pregunté, la voz dulce, casi gimiendo, mientras mis dedos se agarraban a la tela de su camisa, recorriendo cada línea de su pecho con ganas desesperadas—. Dime que quieres esta noche. Que me quieres a mí, aquí, ahora, sin que importe nada más.

Me miró con esos ojos que parecían comerme entera. Un hombre que podría arrancarte la piel con sus manos sin esfuerzo y sin embargo tenía el control absoluto, un demonio que sabía contener su furia y jugar con ella. Sus labios se convirtieron en una sonrisa dura, apenas perceptible, mientras me respondía, la voz grave y firme:

—Por supuesto, te deseo, pero no soy un hombre cualquiera. No te permitiré jugar con fuego y quemarte, Roja. Eres joven, demasiado joven para mí. No quiero que pienses que sólo soy un lobo más que va a devorarte sin compromiso.

Me tomó del rostro con una mano áspera, rozando mi piel blanca con sus dedos gruesos, pero sus ojos nunca dejaron de decir lo que ocultaba tras esa mirada: que me quería arrodillada a sus pies, que fuera suya en cuerpo y alma. Pero esa misma bestia que estaba dentro de él lo obligaba a ser caballero conmigo, a ponerme límites, como correspondía.

—¡Vete! —me ordenó con voz dura, como si me estuviera dando la oportunidad de salvarme—. No porque no tú me excites hasta el borde de la locura, sino porque respeto lo que eres y a quien te espera en casa. Esto no es un juego para mí. No vas a hacer que baje la guardia. Vete con los chicos de tu edad y aléjate de mí.

Quise lanzarme a sus brazos, a su boca, sentir cada músculo de su cuerpo contra el mío, pero el control firme de sus palabras y su gesto hicieron que me detuviera. Me soltó, se alejó, y me dejó temblando, sola bajo la fría luz de la luna, con las ganas intactas, el deseo retorciéndome las entrañas y la humillación de saber que ese hombre que podía devorarme con solo tocarme, ahora me echaba de su lado.

Me quedé ahí, inmóvil, sin poder hacer nada, con el vestido rojo pegado al cuerpo mojado de sudor, mirando la puerta de la cabaña cerrarse tras él, mientras yo mordía mi labio, furiosa, excitada y hambrienta, prometiendo que no iba a ser tan fácil rendirme a sus pies.

Reencuentro en casa de Sofía — Reunión y confesiones

La casa de Sofía, un lugar cálido donde parecía que el tiempo se hubiera detenido. Los padres de Sofía nos habían invitado a mi madre y a mí para darnos la bienvenida de nuevo al pueblo, para que las hijas recuperáramos el lazo de amistad que el tiempo y la distancia nos habían quitado.

Al entrar, el aire estaba lleno de risas y recuerdos de aquella infancia, y sentí cómo la familiaridad aún estaba impregnada entre las paredes, como un recuerdo de un pasado que no podía borrar, como si quisiera volver a aquellos días.

Sofía (mi mejor amiga de la infancia) me esperaba en la sala, con esa sonrisa que siempre había tenido, la misma que me hacía sentir que, a pesar de todo, aquí había alguien que me conocía de verdad. Nos abrazamos con fuerza, un encuentro que despertó memorias y emociones.

—No puedo creer que estés aquí —me dijo, con un brillo en los ojos—. Parecías tan lejos… Y ahora estás aquí, de vuelta.

Nos sentamos con nuestras copas de vino, mientras mi madre y sus padres charlaban en la cocina, dándonos ese espacio para revivir viejas historias.

—¿Recuerdas cuando éramos niñas? —empecé, mi voz baja, como si temiera que el tiempo escuchara—. Todo parecía tan simple, tan fácil, aunque yo vivía con ese miedo pegado al pecho.

Sofía sonrío confirmándolo, seria. —Fue horrible lo que tuviste que vivir, pero tuviste suerte… el leñador apareció en el momento oportuno y te salvó. Sin él, quién sabe qué hubiera sido de ti.

En mis labios se dibujaba una gran sonrisa, pero era una sonrisa llena de algo más profundo, algo que no podía decir en voz alta. Por dentro, el deseo se aumentaba de forma constante.

—Sí — le respondí, con la mirada viendo hacia otro lado—. Soy muy afortunada. Pero no solo por eso. Desde esa noche, algo despertó en mí. Ya no soy la niña que pensaba ser.

Sofía me miró intrigada, sin saber las sensaciones que me revolvía por dentro.

—¿Tienes novio? —me preguntó, cambiando de tema con naturalidad.

Negué con la cabeza, intentando que mi voz no me delatara. —No.

—Imposible —dijo Sofía con una sonrisa traviesa—. Todos los chicos del pueblo te desean desde que llegaste, y no solo los jóvenes, hasta los más adultos te desean, eso puede notarlo cualquiera. ¿No tienes a nadie en mente?

Guardé silencio un momento y luego dije, con un tono que intentó ser despreocupado: —Solo una persona llama mi atención. Pero no quiero hablar de eso ahora.

Sofía me lanzó una mirada curiosa. —¿Y tú? ¿Estás comprometida? Le pregunté.

—No —respondió con rapidez—. Mis padres quieren comprometerme con un buen hombre del pueblo, pero no me interesa, es solo un chico y aunque es bueno, creo que mis gustos son diferentes.

Entonces bajó la voz y añadió, casi murmurando, parecía que solo dijera para mí: —Hay alguien que me atrae mucho, pero es mayor que yo. Un hombre me despierta cosas en mí que no sabría cómo explicarte, tú lo conoces.

Sentí una sensación extraña, una combinación entre rabia y curiosidad que apenas podía disimular, pues de alguna manera presentía algo malo de aquella confesión.

—¿Quién? —le pregunté con mucha curiosidad.

Ella me miró a los ojos, y en su mirada pude entender todo lo que nunca quise escuchar.

—El leñador.

Me quedé paralizada en ese momento, sentí cómo la rabia y envidia me invadían con una rapidez que se extendía por todo mi cuerpo, mezclado con celos profundos, y un deseo iracundo que luchaba por salir.

Sonreí, pero esta vez era una sonrisa tensa, calculadora.

—Ya veo —dije, más para mí que para ella—. El leñador sigue siendo el centro de todo al parecer, ¿no?

Sofía asintió, sin saber la molestia que había desatado en mí, o tal vez si lo sabía.

—¿Por qué él? — le pregunté con mi voz entrecortada, intentando disimular el enojo que sentía—. ¿Por qué un hombre como ese? ¿Qué tiene él que te hace desearlo tanto?

Sofía bajó la mirada un instante, como si dudara, pero luego tomó valor y comenzó a decir con voz baja, como el mayor de todos los secretos.

—Una vez… lo vi bañándose en el río —dijo, con una sonrisa tímida que detesté—Yo estaba ahí, recogiendo unas frutas cerca del río, intentando que no me viera. De repente, vi su caballo amarrado a un árbol de manzanas. Volteé a ver dónde estaba y entonces lo vi, bañándose en el río y su cuerpo… Dios, pelirroja, era increíble.

Entonces me quedé en silencio, tragando la rabia y la sorpresa de su confesión.

—Él estaba desnudo, el sol le iluminaba y calentaba la piel, y la verdad, yo no pude evitar imaginarlo, tenía el agua hasta los arriba de las rodillas, y se restregaba el cuerpo lento, con fuerza. Sus brazos grandes, su pecho… y su verga, Dios mío… su verga estaba tan grande, aunque no tuviera erección, tan suelta, tan natural. Me hipnoticé.

 —Sofía continuó, su voz llena de un deseo que casi se podía tocar—. Me escondí. Me puse detrás de unos arbustos… y ahí… me senté. Dejando la canasta con las frutas. Me abrí las piernas, pelirroja. Me toqué. Me puse los dedos dentro, como una chiquilla traviesa cuando está en celo. Me masturbé tan duro que la piedra en la que me apoyé terminó empapada también. Pensaba en que él me tomaba por detrás, metiéndome la verga con esas manos sucias. En que me llamaba, zorra, en que me cogía sin piedad hasta hacerme gritar, castigándome por ver lo que no debía. Me corrí mordiéndome la muñeca para evitar que me escuchara. Fue tan sucio, tan rico.

Sus palabras me estaban dañando por dentro, me dolían, la envidiaba.

Se detuvo un segundo. Tragué saliva, ya me lo estaba imaginando.

—¿Lo viste? ¿Y él no te vio?

Sofía negó con una sonrisa perversa.

Me miró, excitada. Su respiración se aceleraba contándome su historia.

—Él no se dio cuenta —dijo con un brillo travieso en los ojos—. Se quedó solo en el río, sin si quiera sospecharlo, pero yo no pude resistir más y entonces se me escapó un pequeño gemido.

Me lamía los labios, mi cuerpo me pedía acción de inmediato.

—Entonces él dijo en voz alta: «¿Quién está ahí?» —dijo Sofia, mirándome con su cara avergonzada, pero orgullosa—. No supe qué hacer, me sentí descubierta y tuve miedo que viera mi lujuria y entonces salí corriendo de allí, pero por el afán dejé mi panty olvidado en el suelo, escondido entre la maleza.

—¿Y eso? —pregunté con rudeza. — ¿Eso es lo que te tiene loca?

Sofía sonrió, inocente y traviesa a la vez.

—Él es un hombre diferente, el leñador. Un hombre que despierta a las mujeres cosas que ningún otro puede, por más jóvenes y guapos que sean. Y aunque luzca frío, su presencia es un alimento, uno que deseo comer. Eso no lo pienso solamente yo, he oído a muchas mujeres en el pueblo refiriéndose a el como si fuera un devorador de cuerpos, incluso, alguna vez escuche a mi madre hablando con sus amigas de eso en secreto, siendo infiel a mi padre con su pensamiento, pero no la culpo.

El corazón me latía sin control, no solo por la envidia, sino porque sabía que esa historia no era solo de Sofía, también era mía, y haría lo imposible para que ese hombre no fuera de nadie más. Aunque a Sofía la considerara mi mejor amiga.

—Y desde ese día… no he podido dejar de pensar en él— Dijo Sofía. Me toco a menudo por las noches, pelirroja. Me corro pensándolo. A veces masturbo tan fuerte que al día siguiente me duelen las piernas, tal vez por la forma en que uso mis dedos o por la cantidad de veces que lo hago.

Me obsesiona esa verga. Su voz, su olor… su puta presencia y cuando lo veo, simplemente es como si todo eso se hiciera realidad.

Yo no dije nada. Quería romperle la cara, y al mismo tiempo… tocarme con aquel relato. Quería matarla y venirme al mismo tiempo. Estaba toda mojada, enojada y muda.

Entonces escuchamos una voz desde el comedor:

—¡Niñas! ¡Ya es muy tarde! —era la madre de Sofía, sonriendo. Detrás, la mía también asomó la cabeza—. Vamos hija, es hora de irnos a casa. Ya hablaron mucho por hoy, luego tendrán más tiempo de continuar.

Sofía se acercó a mí, y antes de que me pusiera de pie, me tomó de la mano y me dijo al oído.

—Por favor… no le cuentes esto a nadie, ¿sí? Es mi secreto más sucio y mis padres creen que aun soy una niña —me miró con una sonrisa traviesa, pero sintiéndose expuesta, como si me entregara algo importante—. Ni a tu madre, ni a nadie.

Yo la miré. Fingí una sonrisa suave, pero mis ojos decían otra cosa.

—Claro que no, Sofi. Tu secreto está a salvo conmigo —respondí, con una tranquilidad envenenada. Pero por dentro… por dentro quería arrancarle el corazón con las uñas.

Nos dimos un abrazo. El contacto de mi parte fue frío, disfrazado, casi falso.

—Me encantó verte, roja. Te extrañé. —Sofía sonrió de verdad.

—Yo también a ti —dije. Y esa fue la única verdad en todo lo que le dije esa noche.

Salí de esa casa con una sola cosa en la cabeza:

Tenía que marcar mi territorio con el leñador. Tenía que dejar claro que él era mío, que no era para nadie más.

Me enteré de que mi mejor amiga ahora era mi puta rival, y que se había frotado el coño con el hombre que yo deseaba e incluso se había venido por él.

No podía permitirlo, tenía que dejar claro que ella no lo iba a tener nunca.

Y lo que hice esa noche… lo dejé por escrito, en mi cuaderno.

Cuaderno secreto – la fantasía

Esta noche no me voy a contener.

Me acuesto y cierro los ojos, me imagino entrando en su cabaña. Él está desnudo, tan solo una toalla corta, recién salido de la ducha, con el cuerpo mojado, el vello del pecho impecable. Tiene los ojos puestos en mí.

—Quítatelo —me dice y yo lo obedezco.

Me quito el vestido, dejo caer las pantaletas empapadas al suelo. Me arrodillo. Le quito la toalla. Ahí está, sí, esa gran verga, dura, gruesa, pesada, perfecta. Me muero por ella la saboreo, le paso la lengua desde los testículos hasta la punta. Me la meto completa. Lo hago gemir.

Me agarra del pelo dulcemente. Me dice:

“Así, pelirroja. Trágatela. Entiende lo que es rogar por una verga de verdad.”

Me coloco de pie, me empuja contra la mesa, me siento en ella y él me abre las piernas.

—No me la metas… por favor… no quiero… —le digo jugando, con una sonrisa sucia y ojos de depravación.

Pero lo hace. Me la mete de un golpe. Me hace gritar. Me parte en dos.

—Eres mía Roja. Desde aquel día en que te salvé. Desde que me miraste así, como una putita agradecida.

Me clava tan fuerte que la mesa de roble se tambalea, los platos se caen. Me revienta el coño. Me muerde los pezones sutilmente. Me da nalgadas fuertes en el culo. Me hace decir su nombre, rogarle que no pare, que me use, que me folle como a una puta, como la suya.

Y me corro. Como lo dijo Sofia, como una perra en celo, mojando la mesa, gimiendo como si me fuera a morir.

Y entonces él me dice:

—Ahora vas a limpiar el semen de mi verga con tu lengua.

Cierro el cuaderno.

Mi vagina está empapada, las paredes de mis piernas guardan gotas de sudor.

Y juro por mi pelo rojo… que esa fantasía será real. Aunque tenga que acabar la amistad con esa perra de Sofía.

Visita de Sofía

Mi madre había estado enferma desde hace un par de noches, yo estaba en casa cuidándola. Ese día, el ambiente se sentía muy tenso.

Mi madre dormía. Estaba un poco mejor, por fin. La fiebre ya había bajado. Yo limpiaba la cocina, sin pensar demasiado. O tratando de no hacerlo.

Entonces escuché la voz de Sofía en la entrada.

Venía con sombrero blanco de ala ancha, con un lazo marfil. Vestido pastel, con botones de perla falsa hasta el pecho, y la falda vaporosa y largo. Era una muñeca bien criada. Los labios suaves, las mejillas maquilladas apenas con un toque de rubor. Sonreía como si fuera la mujer más feliz del mundo.

Y yo… yo estaba de rojo, mi color favorito.

Porque si vas a recibir noticias del campo de batalla, mejor estar vestida como para incendiar el puto mundo.

—¿Hola? ¿Puedo pasar?

Esa voz suya… dulce, como miel vieja y también forzada.

—Pasa —le dije sin girarme. Ya sabía que no venía por nada bueno. Cuando Sofía aparecía con esa voz y esas flores en la mano, algo venía a clavar.

—Traje lavanda —dijo, como si no supiera lo que significaba eso para mi madre—. Pensé que le gustaría tener algo fresco para el cuarto.

—Gracias Sofi —respondí, seca.

Me observó un segundo, de arriba abajo, y luego caminó hasta la mesa con ese andar lento y suave que usaba cuando quería que la miraran. Que la desearan. Aunque jurara que no lo hacía a propósito.

—¿Cómo está tu madre?

—Mejor. Ya no delira.

Asintió. Se quedó en silencio un momento. Luego se apoyó en el respaldo de la silla, con aire casual. Y lo soltó.

—Hoy me crucé con el leñador.

No dije nada. Pero mi cuerpo se tensó. Lo sentí. Ella también.

—Estaba recogiendo lavanda —continuó, como si habláramos del clima—. Justo en el campo detrás del molino. Él venía a caballo… y se detuvo.

Me giré y caminé hacia ella, fingiendo no darle importancia, pero mi estómago se encogía.

—¿Y?

Sofía sonrió. Esa sonrisa suya. La que no tocaba los ojos.

—Nada. Solo que… me miró.

—¿Te miró?

—Sí. Pero no como se mira a cualquiera. Me miró… como si quisiera recordar cada parte de mí para luego disfrutarlo en su imaginación. Yo estaba con mi vestido blanco, ese que me queda suelto… aunque cuando hace viento, se pega un poco al cuerpo —soltó una risita suave, casi tímida—. Sentí su mirada bajándome por las piernas.

No respondí. Me limité a mirarla.

Ella siguió.

—El no dijo nada. Solo se quedó ahí… mirándome. Como si pensara cosas. Cosas que no se dicen.

Mi garganta se secó.

—¿Y tú qué hiciste?

—Nada —dijo, con una inocencia tan falsa que daba náuseas—. Solo recogí la lavanda, sonreí… y seguí caminando. Pero lo sentí detrás, como si no quisiera que me fuera.

Me ofreció agua, tenía una cantimplora, de esas de piel. Me la pasó. Nuestras manos se tocaron, bueno, yo provoqué ese roce, fue como sentir una caricia, quería que ver su reacción al tocarme, aunque por dentro yo estaba ardiendo.

(¿Y la quemadura dónde está, maldita?) pensé.

Clavé la mirada en el mantel. La rabia me subía por el pecho. Pero no le iba a dar el gusto.

—Él es un hombre. Mira a todas igual —le solté con frialdad.

—¿Seguro? —preguntó Sofía, inclinándose un poco hacia adelante—. Porque yo juraría que había algo… especial.

Él se fue. Pero antes de irse… me miró, Roja. Me miró como si quisiera desnudarme.

Como si supiera todo lo que yo pensaba, como si leyera mis labios y no los de mi boca precisamente. También me dijo que tuviera cuidado de no quemar mi tierna piel.

Nerviosa aun, se llevó las manos al pecho. Noté sus pezones duros debajo la tela del vestido. Lo noté. Y la odié.

—¿Y qué pensabas tú? —le dije. Mi voz era dulce. Como el veneno caliente de sus palabras.

Sofía se rió, sin poder mantener la mirada.

—No debería decirlo…

—Dilo.

—Pensé… que, si él me empujaba contra un árbol y me abría las piernas, yo no gritaría, por el contrario… se rogaría. Quería que me pusiera de rodillas en ese bosque y me dejará bajar sus pantalones y satisfacerlo, dejarlo vacío y tragar el néctar de su verga.

Sentí cosquillear de rabia los dientes. Y lo peor… es que esa imagen me excitó.

Porque era mía, era mi puta fantasía con él leñador, hasta eso quería robar la tonta esa.

Sofía se agachó y me tomó la mano.

—No sé qué me pasa con él, Pelirroja… Él es tan distinto. Tiene algo, como si pudiera romperte y después curarte. ¿Sabes?

Sí, lo sé. Porque yo también quiero que me rompa.

Que me quiebre en dos. Que me llene de semen y me escupa en la cara mientras me dice que soy su perra. Tu no eres nada para el y nunca lo serás.

Me levanté.

La muy perra de Sofía sabía lo que hacía. No me lo decía para contarme. Me lo decía para hacerme imaginar.

Y lo lograba.

Me lo imaginé con los ojos fijos en ella, en su vestido blanco, en sus piernas. Me lo imaginé excitado, solo con verla.

Y me dolió.

No lo dejé ver. Me enderecé, le quité la lavanda de las manos y le abrí la puerta.

—Gracias por venir. Ahora mi madre necesita descansar.

Sofía parpadeó, fingiendo sorpresa.

—Claro. No quería molestar. Solo pensé que te gustaría saberlo.

—Ya lo sé.

—¿El qué?

—Que viniste a molestar.

Su sonrisa se borró apenas. Lo justo. Luego giró y salió con la cabeza en alto.

Cuando cerré la puerta, tenía el corazón hecho un nudo.

No lloré. No grité.

Solo me quedé ahí. Mirando la lavanda. Oliendo el perfume.

Preguntándome si realmente él la había deseado… o si todo era un puto juego sucio de Sofía.

Pero desde ese día, algo cambió. Ya no podía pensar en él sin verla a ella. No podía tocarme sin preguntarme si se la había imaginado desnuda.

Ese veneno quedó ahí, en la sangre.

Hasta que todo estalló.

Mi visita al Leñador … S

Narrado por la pelirroja

La noche tenía un peso distinto.

No era oscuridad… era hambre. Como si el bosque entero supiera que yo no iba a caminar tranquila, sino a punto de estallar.

Dejé la casa en silencio. Mi madre dormía profundo, su pecho subía y bajaba lento. Le dejé agua, té, una nota que decía que volvería temprano. Mentí con letras pequeñas. No quería ni que el papel me juzgara.

Cerré la puerta con cuidado. Y respiré hondo.

Tenía la canasta en una mano. Vino, pan, queso. Una excusa vieja. Una farsa tan obvia como el vestido que llevaba puesto.

Rojo.

Rojo como mi pelo, como mi boca, como mi rabia, como el calor que sentía entre las piernas desde el momento en que Sofía tuvo el descaro de ir a mi casa a hablar del leñador y su mirada.

No sabía si iba a gritarle, a besarlo, a escupirle la cara o a rogarle que me cogiera hasta olvidarme de todo.

Pero sabía que tenía que verlo.

El camino era largo, pero yo lo conocía como mi cuerpo. Las raíces, las ramas, las piedras sueltas. Caminé sin prisa, pero cada paso que daba me dolía. No por el esfuerzo, no era algo físico, pero si emocional.

Iba a encontrarme con él.

Iba a mirarlo a los ojos. Iba a preguntarle. O iba a callar… pero con el cuerpo. Con la piel. Con la carne.

Las hojas crujían con cada paso. El aire estaba frío, pero yo sudaba. Me sentía caliente desde la nuca hasta el vientre. Como si llevara horas tocándome sin llegar al final.

Pensaba en su voz.

En su espalda desnuda.

En sus manos. Grandes. Rudas. Capaces de cortar un árbol o de acariciarme como si fuera lo último que iba a tocar.

Lo imaginaba cocinando. Quieto. En su mundo. Y de pronto, yo apareciendo en la puerta. Viéndome. Midiéndome. Preguntándose si iba a matarlo o a sentarme en su cara.

Y yo tampoco lo sabía.

Pasé la cerca rota. Subí el sendero inclinado. Vi la cabaña. Tenue. Viva.

Me detuve unos segundos antes de tocar la puerta. Escuché el crujido de la madera, el olor a carne asada, a humo, a leña recién partida.

Mi corazón latía como si fuera a escaparse por la boca.

Y entonces supe que ya no podía volver atrás.

Estaba allí por respuestas, por venganza, por deseo…

O por todo junto.

Y si él no las tenía… yo lo haría hablar.

Con sus manos.

Con su lengua.

Con su verga.

Llevé los dedos al pomo.

Y empujé la puerta.

Entré a la cabaña sin avisar, la madera crujía debajo mis

pies y el olor a humo mezclado con carne asándose me llegó de inmediato. Ahí estaba él, parado junto a la estufa, concentrado, lo sentía distante como siempre, en su pequeño refugio, solitario.

—¿Qué haces aquí? —Me preguntó

—Hablé con Sofía —le dije con mucha ira, sintiendo cómo un maldito nudo se apretaba en mi garganta, intentando no salirme de casillas—. En el pueblo, en casa, con ella… Y me dijo que tú la mirabas como si ella fuera una mujer, una mujer de verdad, la veías con ojos de ganas, que veías en ella algo que no ves en mí. ¿Por qué? —empecé a gritar, no pude contenerme, la rabia me invadió y no pude detenerme—. ¿Por qué me haces sentir menos? ¿Por qué soy solo una niña para ti, cuando todos los hombres del pueblo me miran con deseo y tú no puedes? ¿Acaso soy menos? ¿No soy suficiente? ¿No entiendes que quiero que me veas como una mujer de verdad? Porque… lo soy.

Me quedé parada, temblando, sin intención de irme, porque quería que entendiera lo que me estaba quebrando por dentro.

Él suspiró, dio un paso hacia mí, calmado y me dijo:

—No puedes quedarte aquí —me advirtió, serio—. Te respeto pelirroja, y sí… te deseo, pero esto no es seguro para ti. Tienes que irte.

No cambié la mirada.

Le di un golpe en el pecho, duro, con toda la frustración que tenía guardada.

—¿Y tú qué eres? ¿Un hombre o un cobarde? —le reproché, acercándome hasta rozar su cuerpo, quería provocarlo—. ¿No vas a demostrar lo que sientes?

—¡Estoy harta de que me ignores! —le grité—. Yo ya no soy una niña. Soy toda una mujer, pero quiero que me veas como tal. No como la chiquilla que salvaste alguna vez, quiero ser tuya, y quiero que lo sientas en cada mierda de fibra de mi cuerpo.

Me desabroché el vestido frente a él, con lentitud, dejando que la luz de la leña me dibujara los senos duros, la piel caliente, y húmeda de deseo. Lo tomé con fuerza de su camisa y lo atraje a mí con una mano firme, y con la otra tomé la suya para llevarla directo al lugar donde mi cuerpo gritaba por él.

—Tócame — le ordené, con la voz casi rota por el llanto—. No me ignores más.

Entonces su rostro cambió de expresión. Fue tan rápido que no tuve tiempo de reaccionar, me dio una cachetada leve, que me hizo estremecer. Una cachetada como si estuviera corrigiendo a una niña malcriada.

Luego tomó mi mentón con firmeza, levantó suavemente mi rostro y me dio un beso.

No fue un beso dulce ni tímido, fue realmente un beso como yo lo imaginaba, como me deseara, de ganas por sentir mis labios junto a los suyos, ganas de sentir mi lengua, con todo lo que ninguno de los dos había dicho antes.

Y en ese momento, supe que el “juego” como yo quería llamarlo, había cambiado.

Él intentó alejarse, pero no pudo, pues lo tomé de nuevo de su brazo hacía mí. Entonces fue allí cuando me tomó con fuerza, me arrastró hacia la cama, él se quedó parado viéndome con deseo, pero como si algo le impidiera hacer lo que él sabía que deseaba.

—Trátame como a una mujer —le susurré al oído—. No como a una niña. Me he guardado todo este tiempo para ti, haz lo que te plazca. Házmelo como siempre lo he soñado, fuerte, como si de verdad sintieras deseo de tenerme, como si en mi vieras una mujer que puede dártelo todo.

Sus dedos y labios se paseaban por mi cuerpo, como si fuera un turista, buscaban, encendían cada parte de mí. Sus besos apasionados, pero conteniéndose de no ser lo que en realidad quería él… ser salvaje y estallar de placer, se notaba en su mirada y en la forma de besarme que se estaba aguantando.

Pero yo no quería delicadeza. Quería que me cogiera, que me hiciera suya, que me hiciera mujer.

Sus dedos me habían explorado despacio, ¿me estaría memorizando? Cada caricia suya me era una delicia, un sueño que deseaba vivir. Tenía mi cuerpo al borde de la locura, la respiración descontrolada y las piernas temblando. Me había besado por todas partes, tenía su saliva en mi cuerpo y cuando sus labios bajaron hasta mi vientre, hasta el centro de mí, pensé que no iba a resistir.

Pero lo esperé con mi último aliento. Lo deseé. Lo llamé con el cuerpo, con gemidos, con los ojos.

Se colocó justo entre mis piernas, con esa verga dura y caliente, rozándome apenas el clítoris muy levemente con la punta, allí supe que el momento que tanto esperé había llegado. Lo miré sin decir una palabra, no necesitaba hacerlo. Él ya sabía que era mi primera vez, lo había sentido, lo había visto en mis temblores, en mi respiración, en la forma como lo abrazaba con las piernas sin dejarlo escapar y en mi cara de tonta cuando estaba a su lado.

—¿Estás segura? —murmuró con la voz ronca, con la punta apenas rozándome, esperando solo mi aprobación para follarme.

—Completamente, hazlo —le dije, gimiendo—. Soy tuya, toda tuya.

Y entonces por fin la sentí.

Esa presión. Esa cabeza gruesa abriéndome poco a poco. El ardor, el dolor, la tensión… como si me estuviera rompiendo por dentro. No grité y tampoco lloré. Simplemente apreté los dientes, le clavé las uñas en la espalda y gemí contra su cuello mientras su verga se abría paso dentro de mí, centímetro a centímetro.

Nunca había sentido algo así. Era una mezcla de dolor y placer tan intenso que me mareaba. Me dolía, sí… me dolía como la primera vez debe doler, pero también me llenaba de placer, una sensación indescriptible que nunca sentí solo con masturbarme, me recorría todo el cuerpo y no quería dejar de sentir ese placer. Y por fin sentí lo que es ser una verdadera mujer.

—Mierda… eres tan estrecha… —dijo él con su hermosa voz grave entre los dientes, sujetándome la cadera, controlándose.

Me quedé quieta, con las piernas abiertas, sintiéndolo adentro. Temblaba. Me latía el pecho, el vientre, todo. Y cuando todo su miembro estuvo por completo dentro de mí, hundido hasta el fondo, supe que ya no había forma de devolver ese momento. Que ya era suya ¡por fin! Que lo había esperado solo a él.

—Ya está… —susurré, rozando su oído—. Ahora fóllame como solo tú sabes hacerlo.

Cuando por fin lo tuve todo adentro… su verga enterrada hasta el fondo, ocupándome por completo, sentí que ya dejaba de ser una niña, gracias a él. El dolor seguía ahí, constante, ardiente… pero no quería que parara. No quería descanso. Quería que se moviera. Que me hiciera sentirlo. Que me enseñara qué era ser follada de verdad.

—Muévete… —le susurré rogándole contra la boca—. Por favor… quiero sentirte.

Él me miró con los ojos llenos de ego, tensando los músculos como si estuviera aguantando el infierno dentro de mí. Me acarició sutilmente el pelo, bajó la mano hasta mi garganta, luego hasta mis tetas… y con un leve jadeo de placer, empezó a sacarla, despacio. Sentí cómo su verga salía milímetro a milímetro de mi cuerpo, y el vacío que dejaba era tan brutal que quise rogarle.

Pero antes de que pudiera decirle algo, él volvió a metérmela.

—Ahhh… ¡mierda! —gemí fuerte, sin vergüenza, sintiendo cómo mi cuerpo se estremecía de placer por encima del ardor.

Lo hizo otra vez. Y otra. Un ritmo lento, metiéndola profundamente, de forma deliberada. Como si quisiera que cada clavada me quedara tatuada por dentro. Me habría de nuevo con cada empuje. La carne aún me dolía, pero el cuerpo empezaba a rendirse… y a disfrutar.

—Así… sí, así… —jadeaba—. Fóllame lento… hazme tuya.

Él se inclinó sobre mí. Su pecho contra mis tetas, el aliento caliente de su deliciosa boca en mi oído.

—¿Te duele? —murmuró con esa voz suya que me derretía.

—Sí… —le dije, sin dejar de gemir—. Pero me gusta… no pares… me estás haciendo mierda y eso me encanta.

Su cadera empezó a moverse con más fuerza. El sonido de nuestros cuerpos chocando llenaba la cabaña y seguramente el bosque. El olor a sexo, a sudor, a piel húmeda y con sabor a adrenalina pura. Me arqueé, me abrí aún más, lo recibí con todo. Cada vez lo sentía más húmedo, más deslizándose fácil dentro de mí… y el placer ya empezaba apoderarse del todo desapareciendo cualquier rastro de dolor.

Mi clítoris rozaba con su pelvis en cada empujón. Y el calor en el vientre crecía. Era nuevo, intenso y peligroso.

—No me trates como si fuera frágil Stiv… —le dije con rabia—. Me dolió, sí. Pero ya no. Ahora necesito más. Fóllame como una puta si quieres, pero fóllame duro.

Esas palabras eran como si le hubieran dado la mejor noticia del mundo, para él, por primera vez lo había llamado por su nombre.

Me agarró de la cadera y me empezó a dar con toda su fuerza. Con las ganas más locas, con rabia,

como si tal vez nunca tuviéramos esa oportunidad. Cada clavada que me pegaba era impecable, una obra de arte. Me corría el sudor por la espalda. yo gritaba su nombre fuerte. lo arañaba, lo mordía. Me sentía una fiera debajo de él. Suya. Totalmente suya.

Y por primera vez, entendí lo que era perder el control por alguien.

Ya no me dolía.

Ahora ardía en placer, en deseo, en deseo por él.

Cada vez que su verga me penetraba, me rozaba justo ahí… en ese punto que me hacía temblar las piernas, que me sacudía las entrañas. Sentía cómo mis paredes vaginales lo apretaban, cómo se deslizaba más fácil, más mojado, más adentro.

El calor en mi vientre crecía y las sensaciones deliciosas también, me latía el clítoris. Me ardían los pezones. Me escurría la entrepierna. El cuerpo me pedía algo que yo no había sentido nunca por más veces y formas en las que me halla masturbado antes… y lo quería ya.

—Me voy a correr… —jadeé, sin reconocer mi propia voz.

Él me miró con los ojos perdidos en placer, mirada fría y pervertida, sudando.

—Hazlo —me ordenó, sin dejar de moverse—. Córrete en mi verga, Roja. Muéstrame cómo se viene tu coño virgen por el placer que te da mi verga.

Y esas palabras me hicieron sentir mil cosas profundas.

Mi cuerpo se arqueó como si algo me hubiera explotado desde la pelvis, como si fuera algún exorcismo. Un calor salvaje me atravesó. Empecé a gemir, a gritar, a sacudirme debajo de él. El orgasmo me golpeó como un ventarrón: no suave, no dulce, sino bestial. Me corrí gritando su nombre, con los ojos cerrados, abrazada a su cuello, con todo el cuerpo tenso, con el coño apretándole la verga como si no quisiera soltarlo nunca. En pocas palabras, un delicioso beso de singapur.

—¡Ahhh… sí…! ¡Mierda… sí! —grité, sin ninguna vergüenza, con el sudor escurriendo entre mis tetas, las piernas temblando, el alma rebozando de felicidad y placer entero.

Sentí cómo me escurría por dentro, cómo lo mojaba todo, cómo mi cuerpo se rendía del todo. Y él siguió dándomelo, profundo, fuerte, mientras yo me sacudía en su verga, sintiendo que me moría y renacía con cada puta clavada.

Aún me temblaban las piernas. El interior de mis muslos estaba completamente empapado, el cuerpo rendido, pero realmente satisfecha. Me había corrido con una intensidad que me agotó entera, y él seguía dentro de mí, bombeando con fuerza, más salvaje, más duro, gruñendo como si estuviera en su propia guerra.

Lo miré, jadeando, con la cara roja de tanto coger y gemir, y le hablé sin pensarlo:

—Córrete dentro de mí… lléname de leche… quiero sentirte estallar.

Ahí lo perdí.

Me agarró por las caderas con una fuerza brutal y me empezó a follar como una puta, pero como su putita personal. Ya no había contención, ni cuidado. Solo un hombre sin freno, devorando con el cuerpo, marcando con la verga.

—Vamos Roja… te voy a llenar ese coño… —dijo entre los dientes—. Estás tan mojada, tan caliente… tan mía.

Me hacía chocar contra la cama de la forma como me cogía. Me apretaba las tetas con una mano, me colocaba la otra en la cadera, y yo solo lo apretaba con las piernas, sintiendo cómo su verga latía dentro de mí.

Y de pronto… gruñó. Un gemido tosco, salvaje. Y sentí el primer chorro caliente de su semen explotar en mi interior.

—¡Mierda…! —gimió, con el cuerpo entero tenso.

Su verga palpitó, se contrajo dentro de mí, y lo sentí correrse profundo. Caliente. Espeso. Llenándome hasta el fondo. Una descarga brutal, animal, como si hubiera estado guardándolo toda la vida para mí.

Me mordí el labio, jadeando, sintiendo cómo su semen me inundaba. Cada espasmo suyo me sacudía por dentro. Su semen me corría por las paredes internas. Me llenó. Literalmente me llenó. Y lo amé por eso.

—Estás dentro de mí… —susurré, con los ojos cerrados—. Lo hicimos, el momento más especial de mi vida.

Él se desplomó sobre mí, con el pecho sudado pegado al mío, su verga aún dentro, latiendo suave, satisfecha. Nos quedamos así, jadeando, unidos.

No solo me había cogido. Me había reclamado para él, me había hecho suya.

Y yo… lo era.

No sé cuánto tiempo pasó.

Solo escuchaba mi respiración entrecortada y el latido salvaje de mi corazón retumbando contra su pecho. Tenía su peso sobre mí, su verga aún dentro, suave, templada, como si no quisiera dejarme. Sentía el calor de su semen desbordarse poco a poco, escurriéndose entre mis muslos, mezclado con mis propios jugos.

Nunca me había sentido tan jodidamente viva.

Él apoyó la frente contra mi cuello, aun jadeando. Sus manos estaban en mi cintura, aferradas como si temiera que me esfumara.

No dijo nada. Y yo tampoco. No hacía falta.

Mis dedos acariciaban su espalda despacio, bajaban por la línea de sus músculos, tocando el sudor que aún resbalaba. Me encantaba cómo olía su piel en ese momento. A madera, a sexo, a hombre de verdad.

—¿Estás bien? —murmuró por fin, con la voz ronca, casi pausada.

—No —susurré.

Se colocó tenso por un momento. Levantó la cabeza para mirarme, confundido, preocupado.

—Estoy mejor que bien —le dije, mirándolo fijo—. Estoy llena de ti. Por dentro, por fuera. Como siempre quise.

Lo vi tragar saliva. Y por primera vez, no fue el leñador duro y seco que todo lo contenía. Tenía los ojos brillantes. Como si algo lo hubiera ablandado desde adentro. Como si mi cuerpo lo hubiera cambiado.

—No sabía que podías sentir así… —le dije—. Que alguien como tú podía hacerme temblar de amor y de deseo al mismo tiempo.

Me acarició el rostro con los dedos callosos. Me miraba como si no pudiera creer que era real.

—Esto debe ser un maldito y hermoso sueño. — dijo.

Lo agarré del cuello y lo atraje hacia mí.

—No digas esa mierda —le dije suavemente—. Tú y yo somos lo mismo. Fieros. Sucios. Salvajes. Pero cuando me follaste… cuando me hiciste tuya… sentí algo que nunca había sentido. Y no fue solo físico. Fue todo. Fuiste tú.

Nos quedamos así, mirándonos, aún fusionados, queriendo que el tiempo se detuviera.

Yo aun sentía su semen dentro. Su olor por toda mi piel. Sus marcas en mis piernas. Sus uñas, sus dientes, sus suspiros clavados en mí.

Y por primera vez en mucho tiempo… yo no tenía miedo.

Solo ganas de volver a empezar. De volver a montarlo. De hacerlo mío, una y otra vez.

Pero esa calma no iba a durar mucho.

Yo lo sabía. Porque allá afuera, el mundo nos quería separar. Porque Sofía seguía respirando. Y el lobo… el lobo aún podría tener motivos para volver, tal vez tenía su venganza en marcha.

Pero esa noche… esa noche fue mía.

Esa noche yo me convertí en la mujer que nadie iba a poder detener. Era sin duda la mujer más feliz del jodido mundo.

Me levanté. Caminé hasta el baño improvisado al fondo de la cabaña. El agua no era más que un balde grande con una cubeta, pero fue lo justo para limpiar mi cuerpo. Sentí su semen resbalar por el interior de mis piernas, por mi vientre. Me lavé con las manos, pero sin apurarme. Aún tenía su olor metido en la piel. Y no quería borrarlo del todo.

Cuando salí, con el cabello húmedo y la toalla ajustada al cuerpo, él me miraba desde la cama. Sus ojos me veían como si viera una princesa, pero a la vez me veía como si tuviera un buen bistec. Me desvestía con la mirada y eso me encantaba.

Yo lo sabía. Lo sentía. Y también lo quería.

Me detuve frente a él, a medio paso de vestirme, y le hablé con la voz baja, sucia, como si el deseo me naciera desde el vientre:

—¿Sabes qué? —dije—. Mientras me lavaba… sentía tus gotas bajándome por las piernas, y solo podía pensar en una cosa…

Él me miró, en silencio.

—…Que quiero que me cojas otra vez. Así… mojada. Con el cuerpo limpio… y la mente sucia.

Mi rostro lo decía todo. Las mejillas enrojecidas, la piel húmeda brillando con cada gota que aún me corría por el cuello y los senos. Me mordí el labio inferior con descaro. Quería provocarlo. Quería que me tomara, que sintiera la necesidad. Quería ser su puta. Otra vez. Y más fuerte.

Di un paso más, dejando caer la toalla con lentitud. Lo miré directo a los ojos.

—Dale… No me dejes vestirme. Dame otra razón para no salir nunca de esta cabaña.

Él se levantó despacio, con esa tensión en el cuerpo como si estuviera a punto de estallar. Caminó hacia mí sin apartar la mirada, y cuando estuvo frente a frente, me tomó del cuello con una mano, suave pero firme, y dijo:

—¿Quieres que te coja otra vez, Roja? —su voz, caliente, oscuro—. Te voy a coger hasta que no sepas si estás de pie o arrastrándote. Hasta que tu coño me suplique que pare… y aun así no voy a parar.

Me latía todo. La entrepierna, el pecho, el alma. Me derretí con solo escucharlo.

Y cuando bajé la cabeza para tomar mis bragas, él ya estaba detrás.

Su verga dura contra mi espalda, su aliento encendido en mi oído.

—Ni se te ocurra taparte todavía —gruñó.

Me volvió a coger con fuerza, La forma de clavarme eran golpes de verdad, no solo carnales, lo hacía con gusto. Me abría entera, otra vez, con esa verga gruesa que ya me conocía. Cada músculo temblaba, cada nervio gritaba por más. Mi cuerpo no solo lo aceptaba: lo reclamaba. Lo pedía como si siempre le hubiera pertenecido, tal cual yo lo sentía.

—Te juro que en mis fantasías… —jadeé, entre gemidos, honesta, sin pudor— siempre eras tú. Desnudándome. Abriéndome las piernas. cogiéndome como un animal… haciéndome llorar de placer con la boca y las manos…

Mi voz sonaba ronca, desesperada, como si mis palabras salieran desde el coño.

Él se detuvo un instante. Me miró. Y juro que lo vi arder.

—¿De verdad te hacías la paja pensando en mí? —susurró, con esa voz rasposa que me mojaba—. Mierda, Roja… no tienes idea de lo que acabas de despertar.

No me dio tiempo de responder.

Me levantó como si yo no pesara nada y me estampó contra la pared. Mi espalda golpeó la madera, pero no me importó. Lo único que sentía era su cuerpo aplastando, sintiendo nuestros pechos, mis tetas en su pecho y el queriéndome estrujar para sentirlos, y su verga entrando de nuevo, más salvaje, más profunda.

—Voy a hacerte mierda ese sueño —Gimió con locura—. Vas a sentir lo que es que te coja un hombre de verdad.

Me subía y me bajaba contra él, usando mi cuerpo como si fuera suyo, y lo era. En ese momento, era totalmente suya. Mi vagina ya lo reconocía, lo apretaba, lo exigía. Me mojaba entera. El sonido de nuestra piel húmeda, en cada arremetida de él, se escuchaba en todo rincón de la cabaña.

Me mordió el cuello. Me lamió la oreja. Y con la voz más sucia que había escuchado en mi vida, me susurró:

—Eres mía, Roja. Solo mía. Nadie más va a tocar esta puta delicia de coño… nunca.

Yo lo miré y ya no vi al leñador del pueblo. Vi al dueño de mi cuerpo. Al hombre que me había cogido virgen y que ahora me estaba follando como si me hubiera esperado años.

Sentí el orgasmo arrastrarse por mi vientre, subir por mi espalda, apoderarse de mi cuerpo. No era como cuando me tocaba sola. Esto era una locura. Un incendio Un volcán, una hoguera de sexo incontrolable, de ganas y fantasías hechas realidad. Me venía apretándole la verga, gritando su nombre:

—¡Steve…! ¡Steve… Steve!

Y él, al borde, me miraba con esos ojos salvajes. Me bajó, me arrodillé frente a él sin que me lo pidiera, porque lo necesitaba así, con su verga en mi boca, dura, pesada, empapada de mí.

Lo masturbé lento, con las dos manos. Lo lamí como si fuera la paleta más increíble, le chupé los huevos delicadamente mientras lo miraba a los ojos, como si de eso dependiera mi vida.

Y cuando se vino, lo recibí todo. Me llenó la boca con su leche caliente y espesa. Me lo tragué como una niña hambrienta, sin dejar una gota. Pero no paré.

Con la lengua llevé su semen por mis pechos, lo marqué en mi piel. Lo esparcí como si fuera perfume. Me manché la cara, la boca, los pezones. Quería que me viera así: sucia de él.

—Eres mía… —susurró, entre jadeos, con la voz rajada.

Quedé tirada en el piso, con la boca húmeda, el rostro pegajoso, los pechos brillantes. Aún sentía el sabor salado en los labios. Me incorporé, lo miré con los ojos llenos de lujuria, y sin decir nada, tomé su verga medio flácida por su orgasmo y cansancio, la tomé y la apreté entre mis tetas.

Le hice una rusa lenta, sensual, jadeando como una ninfómana hambrienta mientras lo miraba a los ojos.

—Dímelo… —susurré—. Dime que soy tuya. Dime que Sofía no es nada. Dime que soy la única que te vuelve loco.

Él no respondió. Pero sus manos me apretaron tan fuerte que me dolieron. Su verga latía entre mis pechos. Estaba al borde de venirse otra vez.

—¿Me quieres? ¿O solo quieres jugar conmigo? —se lo dije, con voz temblorosa, pero seriamente.

Él me fulminó con la mirada.

—¿Quieres amor? Puedo dártelo… pero primero voy a cogerte como si no existiera mañana.

Y lo hizo.

Se vino otra vez, caliente, brutal, como si tuvieras reservas enormes de su esperma, sobre mi cara, mis labios, mi cuello. Abrí la boca, lo lamí, lo devoré.

Me chupé hasta la última gota de él. Porque eso era lo que quería, ser suya, de cuerpo, de mente, de alma.

El leñador suspiró profundo mientras se apartaba un poco, limpiándose los labios con el dorso de la mano.

—No son horas para que estés aquí —dijo con voz grave—. Tu madre debe estar preocupada. Es mejor que te vayas.

Me incorporé con dificultad, sintiendo cómo mis piernas temblaban bajo el peso de la adrenalina y el cansancio. Miré mi vestido rojo, algo arrugado, un poco desordenado por todo lo que había pasado, y mis labios seguían rojos, manchados por el roce áspero de su barba. Intenté arreglarme, alisar la falda con las manos, pero el temblor en mis piernas no me ayudaba.

—Tengo que irme —dije, intentando sonar segura, pero el cuerpo me pedía quedarme.

Él no dijo nada, solo me observó con esos ojos profundos que me quemaban la piel. Y entonces, con un gesto firme, me tomó del brazo.

—No vas a volver sola —dijo con esa voz que no permitía discusión.

Me subió en su caballo, monté delante de él. El bosque estaba oscuro. El frío me colocaba arrozuda la piel. Pero iba pegada a su espalda, sintiendo su calor, su fuerza, me sentía protegida, y llevaba su marca aún entre mis piernas.

Lo abracé más fuerte, sintiendo que no era solo deseo lo que me atrapaba, sino algo más profundo, un sentimiento que crecía con cada latido.

—Contigo me siento segura —susurré contra su espalda—. Como si nada pudiera tocarme.

El leñador… Steve, sonrío levemente, pero su brazo alrededor de mí se hizo más fuerte, protegiéndome del mundo.

Me dejó cerca de la entrada del pueblo, en un lugar seguro, justo donde comenzaban a asomarse las luces de las casas.

—Vete rápido —me dijo—. No quiero que te pase nada.

Lo miré, con el corazón latiendo con fuerza, y le di un beso suave, y bajé del caballo con la seguridad de que esa noche había dejado algo más que mi cuerpo en esa cabaña. Había dejado parte de mi alma y con ella mi “inocencia”.

Fin Capitulo… continuará

Stiven Borda.