Hay noches en que el silencio se vuelve demasiado grande y solo queda mirar hacia arriba. El cielo se abre como un lienzo inmenso y me recuerda que estás lejos, tan lejos que mis manos no alcanzan ni la sombra de las tuyas. Y, sin embargo, alzo la vista y encuentro una estrella fija, brillante, que parece llamarme por tu nombre.
Me consuela pensar que, al mismo tiempo, en otro lugar, tú levantas la mirada y ves esa misma luz.
Sé que ya no somos, que la vida nos llevó por caminos distintos y que las palabras que alguna vez nos unieron se perdieron en medio del ruido y los silencios. Pero esta estrella… esta estrella sigue allí, intacta, como si guardara en su brillo todo lo que fuimos y no supimos cuidar.
Tal vez tú también recuerdes aquellas noches en las que hablábamos de sueños imposibles, prometiéndonos un siempre que no duró. Tal vez sonrías con nostalgia, o quizás te duela como a mí. No lo sé. Lo único que imagino es que, cuando tus ojos se posen en esa chispa lejana, pensarás en mí, igual que yo pienso en ti.
La distancia ya no se mide en kilómetros, sino en ausencias. Y aun así, bajo el mismo cielo, hay un instante en el que nos volvemos a encontrar. No en abrazos, no en besos, no en palabras, sino en el recuerdo que ilumina una sola estrella. Esa que fue nuestra, esa que todavía nos nombra en silencio.
Y tal vez nunca volvamos a encontrarnos… pero mientras esa estrella siga brillando, habrá una parte de mí que aún te pertenezca.
Stiven Borda

