Game Over

Un amor real, honesto, eso le ofrecí. Un amor humilde, sin artificios, sin máscaras, sin reglas ocultas. Pero para ella, el amor no era más que un juego. Y yo acepté jugar, porque creí en ella, porque a mis ojos era una princesa perdida en un mundo frío. Revisé mis bolsillos: apenas unas monedas, pero con ellas compré mi entrada a ese juego, convencido de que el amor todo lo puede.

Me paré frente a su máquina de amar e inserté la primera moneda. Los primeros niveles fueron sencillos: esquivé sus primeras pruebas, las trampas de su desconfianza, las sombras de sus antiguos miedos. Pero cuanto más avanzaba, el juego se volvía más oscuro, más cruel. Ella levantaba nuevos muros, colocaba tanques de indiferencia, trampas de silencio. Mis armas eran pobres: palabras sinceras, gestos pequeños, sueños compartidos. Pero no me rendí.

En cada nivel dejaba pequeños tributos de amor: notas escondidas en los pliegues de sus días, flores robadas al gris de la rutina, canciones susurradas al viento que nunca llegaron a sus oídos. Cada batalla la libré con el corazón desnudo, sin escudos ni estrategias, porque cuando un hombre ama de verdad, ama sin cálculo.

Las monedas se agotaban, pero mi esperanza seguía viva. Me adentré en los calabozos de su pasado y vencí a los fantasmas de sus viejas heridas. Derribé los muros de sus temores, liberé su sonrisa prisionera en las mazmorras de su orgullo. Con cada paso, herido y cansado, me repetía que todo valía la pena si al final lograba alcanzarla.

Fueron noches de insomnio, donde la mente me arrastraba a sus propios laberintos: ¿qué tecla no había pulsado aún? ¿Qué gesto me faltaba para ganarme su amor? Cada intento fallido era un disparo más al alma, y sin embargo, al amanecer, volvía a ponerme en pie, con la misma fe de aquel primer día.

Al fin llegué al castillo donde la encontré. Ella me esperaba, erguida, con una armadura reluciente, y me dijo: “Te felicito por llegar hasta aquí, pero no eres el guerrero que deseo. No tienes lo que busco.” Y esas palabras fueron el golpe final, la herida que acabó con mi última vida.

Comprendí entonces que el juego nunca tuvo un final feliz reservado para mí. Que ella no esperaba ser rescatada, porque nunca quiso ser salvada. Y eso dolió más que todas las batallas, porque supe que todo lo entregado había caído en el vacío.

El conteo regresivo comenzó. Diez, nueve, ocho… Tomé la última moneda. El corazón pedía seguir, pero la razón, al fin, habló: “¡No lo vale, guerrero!” Y la miré a los ojos por última vez: “Espero que al menos te hayas divertido rechazándome. Yo lo intenté, más veces de las que merecías. Te amé de verdad, y eso nadie podrá quitármelo.”

Di media vuelta. Sentí el peso de cada herida, de cada sacrificio, de cada palabra dicha en vano. Pero también sentí la paz de quien sabe que lo dio todo. Porque el verdadero valor no está en seguir luchando por quien no quiere ser conquistada. Está en soltar el arma, en dejar el campo de batalla. Y ese fue mi momento.

Dejé la última moneda sobre la máquina. El tiempo llegó a cero. Y en la pantalla de ese juego cruel quedó grabado un último mensaje: Game Over.

Stiven Borda