Pelirroja Feroz Cap 2

Al entrar en casa la puerta de la entrada sonó apenas cuando la empujé con el hombro, los dedos aun me temblaban mientras me quitaba el vestido que ahora lucía más arrugado y manchado de lo que debería. La luz cálida del corredor iluminaba el rostro preocupado de mi madre, que me esperaba sentada en la sala.

—¿Qué demonios te pasó, niña? —me preguntó, con la voz entre cortada por la sorpresa y la angustia, mientras sus ojos se posaban mi boca manchada de un rojo intenso y mi ropa desordenada—. ¿Dónde has estado toda la noche? Parece que has salido de una batalla.

Solté una risa nerviosa, jugué con los botones de mi blusa tratando de aparentar normalidad y le respondí con la voz más calmada que pude tener en ese momento:

—Fui a casa de una amiga, mamá. Estábamos celebrando, bebimos un poco de vino… Me quedé dormida en el camino y.… bueno, el vestido se me ensució. No es nada, no te preocupes.

Ella frunció el ceño, como si no acabara de creérselo del todo, pero la expresión de cansancio en mis ojos la hizo ceder. Me tomó de la mano y me llevó a la cocina, donde empezó a preparar algo caliente.

—Te vas a recostar —me ordenó con su ternura habitual. Te ves débil.

—Estoy bien, mamá —mentí. Sentía que el calor de la casa sofocaba con el frío que sentía por dentro.

Ella me sirvió una taza hirviendo, y me senté en el sillón, dejando que el aroma de la infusión calmara mis sentidos alterados. No sabía cómo explicarle lo que había pasado esa noche, ni cómo poner en palabras todo mi deseo, la rabia y esperanza que tenia.

—¿Quieres contarme qué pasó? —insistió, mientras me acomodaba una manta sobre las piernas—. Sé que algo te está carcomiendo por dentro. No creo lo que me dices, soy tu madre y te conozco perfectamente.

Yo la miré, sonriendo con picardía.

—Solo fue una noche larga, mamá. Nada más.

Pero dentro de mí sentía que me estaba asfixiando con tantas emociones juntas. Entonces le di un beso en la frente y nos fuimos a dormir.

Desperté tarde por el cansancio, con esa jodida ansiedad retorciéndome el pecho. Quería verlo. No, lo necesitaba. Necesitaba sentir su mirada, su olor, su maldita presencia ruda llenándome de amor y caricias. Me vestí con cuidado, teniendo cuidado de lucir hermosa, pero solo para él. El rojo en mi falda, en mis medias… ese rojo que era mío, que ardía como lo que sentía entre las piernas cada vez que pensaba en él.

Salí al pueblo. Mi plan era sencillo: encontrarlo, provocarlo, arrancarle, aunque fuera una maldita mirada que me dijera que seguía allí, que no me había olvidado después de nuestra noche. Pero entonces, escuché lo que no quería.

Dos viejos hablaban a media voz cerca del mercado, sin darse cuenta que yo estaba parada a solo unos pasos, fingiendo que observaba unos panes.

—El leñador se fue al otro lado del río. Cosas importantes, dicen.

—Sí, se va a tardar. Tal vez días —dijo el otro, como si no acabaran de joderme la existencia.

Sentí un puño helado en el estómago. Se me borró la sonrisa. ¿Días? ¿Y si no volvía? ¿Y si Sofía aprovechaba y lo alcanzaba allá? ¿Y si alguien más…?

Pero no. No iba a dejar que la ausencia lo borrara. No a él. No a mí. Esa espera solo haría que me deseara más. Que, al volver, me viera como lo que soy: no una niña, no una provocación pasajera… su mujer.

Días después, La plaza estaba llena, como cada maldito día de mercado. Gente por todas partes, gritos, olores, conversaciones cruzadas… pero yo sólo lo buscaba a él. Y ahí estaba. Caminando entre la gente con ese saco de trigo sobre el hombro. Fuerte. Imponente. Con esa manera de andar que me mojaba solo de verlo.

No pensé, simplemente fui directo hacia él. Tenía que verlo, tocarlo, aunque fuera con las palabras.

Y cuando por fin lo vi regresar…

Mi corazón golpeaba tan fuerte que sentí que se me notaba en el pecho.

Me acerqué sin dudarlo, caminé entre la gente como si el mercado fuera mío.

Lo saludé con dulzura, disimuladamente. Tenía que controlar mis emociones y las ganas que estaba guardando desde que se fue.

—Hola… pensaba que te habías olvidado de mí, te fuiste y no me avisaste —le dije, y rocé su brazo sin que la gente pudiera notarlo.

Pero él… él solo me miró. Ese maldito hielo ardiendo en sus pupilas de nuevo. No dijo nada. Me intimidó viéndome con los ojos y me dejó sin aliento. Estaba deseándome, lo sabía, pero él se negaba a ceder.

Él me miró, recorriéndome como quien no quiere nada, pero yo lo sentí: me deseaba. Aunque, como siempre, se tragó las ganas por orgullo y me pasó por el lado como si no me conociera. Pensé que se avergonzaba de mí.

Maldito seas… esa frialdad me volvía loca.

Y justo ahí… como si el destino se burlara de mí otra vez… llegó Sofía.

Con su vestidito de santa, con su moñito ridículo y esa vocecita de niña buena. Una muñeca de porcelana… pero yo ya le había visto las garras.

—Hola —dijo, fingiendo sorpresa de verme allí—. Justo le contaba que mi papá necesita ayuda en casa. Una reparación complicada… pensé que podrías venir.

Mentira. No quería ayuda. Quería al hombre. Quería que él cruzara su puerta para llenarse de su perfume barato y de sus gemiditos ensayados. La vi. La vi mordiéndose el labio como una perra en celo. Quería enseñarle al leñador lo que yo ya sabía que tenía: juventud, curvas y una inocencia de escaparate que escondía algo mucho más sucio que mi vestido rojo.

Él dudó. Dudó…

—Tal vez después —respondió.

Respiré. Un alivio a medias, pero con rabia. Porque no la mandó al demonio. Porque lo pensó. Porque la consideró.

Y entonces… apareció el papá de la muy zorra. Con su voz amable, su cara de hombre recto. Lo pidió con respeto, con educación. Y claro… él leñador aceptó.

—Está bien. Mañana iré —dijo. Y lo dijo mirándome.

Sofía sonrió como si acabara de robarme una joya. Se chupó un dedo, lo miró con esos ojos de mosquita muerta traviesa. Y yo… yo me tragué el veneno y me fui sin girar la cabeza.

Porque si me quedaba un segundo más, le gritaba en la cara que era mío. Que lo había probado, que me había hecho suya, que lo había sentido dentro. Que ella, con toda su farsa, solo iba a recoger las sobras.

No podía dejar pasar lo que había visto. La forma en que Sofía lo miraba, como una zorra dispuesta a abrirse de piernas en cualquier momento. Y peor aún… la forma en que él, mi leñador, aceptó ayudarla sin pensarlo dos veces. ¿De verdad iba a esa casa para levantarle unas tablas al padre enfermo… o para levantarle las piernas a Sofía y cogérsela como un animal?

Ese día en el ocaso decidí ir a verlo. El bosque me tragaba mientras avanzaba furiosa, las ramas me rayaban la piel y la respiración se agitaba en mi pecho. No sabía si lo que me dolía dentro eran celos o deseo.

Cuando por fin apareció su cabaña entre los árboles, con ese humo tranquilo escapando de la chimenea, lo único que quise fue arruinarle esa calma. Toqué la puerta con violencia, sabiendo que detrás estaba el hombre que me volvía loca, el hombre al que iba a reclamar… aunque tuviera que arrancárselo de las garras de Sofía

Me abrió con ese gesto impasible, con esa mirada suya de piedra. No dijo nada. Se quedó mirándome. Pero yo sí tenía mucho qué decir.

—Así que irás a casa de Sofía… —le solté con la voz baja, controlada, mientras pasaba a la cabaña sin pedir permiso.

Él cerró la puerta detrás de mí, lento.

—No hagas esto —dijo simplemente.

—¿Hacer qué? ¿Reclamar lo que es mío? ¿O molestar a tu nueva princesita pastel? —me giré hacia él. Mi pecho subía y bajaba agitado. Lo deseaba tanto que dolía.

—No eres una niña caprichosa, pelirroja… no actúes como una —dijo, sin alterarse, como si mis palabras fueran viento.

Eso fue lo que encendió la chispa que faltaba. Me acerqué, lo empujé con la palma abierta en su pecho duro.

—¡Claro que no soy una niña! Pero tú sigues tratándome como si lo fuera… como si no supiera lo que quiero —le grité—. ¿Por qué no me miras como a Sofía? ¿Por qué no me miras como todos los malditos hombres en el pueblo, sin disimular su deseo y hambre por mi?

—Porque yo no soy como esos hombres. Y tú no eres cualquier mujer —dijo él, calmado, pero con los ojos ardiendo.

Me temblaban las manos. El deseo me nublaba. Tomé su mano y la llevé entre mis piernas, sobre mi vestido rojo, presionándola contra mi humedad caliente.

—¿Ves esto? Es por ti. Porque desde esa noche en la que me hiciste tuya no he podido dejar de pensar en cómo me cogiste. No he dejado de desearlo, de desearte. ¿O prefieres que vaya Sofía a buscarte, ¿eh? ¿Vas a dejar que otra te dé lo que sabes que yo ya probé?

Sus ojos se endurecieron. Me tomó de la muñeca, no con violencia, sino con firmeza. Me sujetó y me acercó a él hasta que mi cuerpo chocó con el suyo.

—No hables de cosas que no entiendes… —murmuró, su aliento en mi boca—. No sabes lo que dices.

—¡Sí sé! Sé que nadie me toca como tú. Que nadie me mira como tú… que nadie me hace sentir como tú me hiciste sentir esa noche. Y me importa una mierda si vas a casa de Sofía mañana. Hoy soy yo la que vino a cogerte —le dije sin más.

Entonces lo besé.

Él se resistió por un segundo, y luego se dejó llevar por sus instintos de hombre lujurioso.

Me alzó del suelo como si yo fuera un saco de plumas. Crucé mis piernas al rededor de su cintura, mi vestido se subió en un segundo. Me llevó hasta la mesa de madera, barriendo todo lo que había encima, y me tumbó allí. Sus manos arrancaron mis bragas de un tirón, y bajó su cabeza para comerme sin tregua.

Grité su nombre mientras su lengua me partía mis labios menores en dos. Lo agarré del cabello, lo jalé, lo guié. Mi cadera se movía contra su boca, mi clítoris estaba recibiendo la atención que tanto se merecía.

Cuando él alzó su mirada, su barba estaba húmeda con mis jugos, me veía con deseo puro, yo era su presa, esa que tanto deseaba en su cama.

—¿Esto es lo que quieres? ¿Venir a mi casa, montarte en mi verga como si fuera tu trono?

—Sí —jadeé—. Cógeme como esa noche… no, más fuerte, hazme tuya de nuevo. Haz que me olvide de Sofía, de todo. Que sólo exista este momento.

Él bajó sus pantalones. Su verga estaba dura, más gruesa que nunca. Yo abrí las piernas sin miedo. Ya no había dolor, sólo muchas ganas.

Me la metió de un solo empujón. Yo grité su nombre, él rugió. Comenzó a moverse como un animal, como si el mundo fuera a acabarse y ese fuera nuestro último polvo. Lo sentía lleno, duro, caliente. Me cogía con rabia, con amor, con lujuria y poder.

Yo lo besaba, lo arañaba, le decía que era mío, que nadie me haría venirme como él. Que nadie me llenaría así.

Mientras el leñador me penetraba con fuerza, mi cuerpo se arqueaba contra el suyo como una bestia hambrienta. Cada empujón era un golpe de poder que me hacía sentir viva, y yo no podía evitar soltar esas palabras que quemaban más que la piel.

—Él es mío, Sofía —jadeé, mirando hacia la oscuridad como si ella estuviera ahí, escuchando cada palabra que yo decía—. Sólo mío. Todo su cuerpo, su carne, está dentro de mí. Donde realmente pertenece.

Sentía cómo sus músculos se comprimían al oírme, cómo me devoraba con su mirada con hambre y adoración. Yo me convertía en reina y conquistadora de su deseo, la dueña absoluta de ese hombre que nadie más podía tocar.

—Todas tus fantasías, Sofía —seguí, con voz ronca, acariciando su espalda con fiereza—, todas las que soñaste en secreto… yo las hago realidad ahora, una a una. Él me pertenece, y no hay vuelta atrás.

Su respiración se volvió más errática, la fuerza de sus embestidas aumentó y sentí el calor subir de nuevo, una segunda ola de placer salvaje que nos envolvió a los dos. Y en ese instante supe que no había nada ni nadie que pudiera arrebatármelo.

—¡Soy la única! —grité contra su boca, hundiendo mis uñas en su pecho, reclamando cada centímetro de ese cuerpo que ahora ardía en mi piel.

Él me respondió con un gemido tosco, profundo, más bestia que hombre, y juntos nos consumimos en ese infierno delicioso donde sólo existíamos él y yo.

Mientras su cuerpo se movía dentro del mío, mi voz bajó a un susurro áspero, cargado de mandatos y necesidad. Lo miré a los ojos, ardientes y hambrientos, y le solté la orden con toda la seguridad que sentía en mi piel.

—Prométeme que no vas a darle ni un solo pensamiento a Sofía —le dije, apretando su nuca con mis manos—. Que no vas a ceder ni una vez a su puta piel. Que esta noche, este cuerpo que tienes dentro, será el único que vas a tocar, a follar y a desear.

Sentí cómo apretaba los dientes, cómo sus manos apretaban mi espalda, pero mis palabras lo tenían atrapado.

—Toma todo lo que quieras de mí —seguí, con rabia y entrega al mismo tiempo—. Haz que me grite el cuerpo, que me pierda en cada caricia, en cada embestida. Pero cuando termines, quiero que tus huevos estén secos, sin ni una gota de ganas para otra mujer.

Lo acaricié con fuerza, dominándolo, poseyéndolo con cada palabra. Sabía que dentro de él también había una bestia luchando contra el deseo que le inspiraban mis exigencias. Pero esa noche, el único dueño de su fuego era yo.

—Que no te importe ni una mierda ella —susurré contra sus labios, mis dedos marcaban su piel—. Que no veas a nadie más, que no desees a nadie más. Que seas mío… y solo mío.

El sudor empapaba mi cuerpo, mi pecho subía y bajaba mientras él seguía enterrando en mí. Sentía mi piel arder, mis entrañas explotando sensaciones que solo él sabía provocar.

Finalmente, sentí cómo se endurecía, cómo su cuerpo temblaba, y con un profundo gemido se derramó dentro de mí, una gran cantidad caliente y densa que me hizo estremecer hasta el alma. Él se quedó recostado un momento, respirando como si le faltará el aire, satisfecho.

Pero yo no quería detenerme. Mis ganas de él seguían allí, quemando con rabia y celos. No podía permitir que su cabeza pensara en nadie más. No después de esto.

Sin decir una palabra, me separé de él, dejé que su peso descansara sobre la cama. Me apoyé en las manos, bajé la mirada, y con toda la provocación y la sumisión que podía fingir, levanté sensualmente mi culo hacia él, dejé mis nalgas al descubierto, tersas y brillantes por el sudor.

Mis nalgas rozaban el aire, abiertas, ansiosas, como una ofrenda pura y sucia. Sin más que un jadeo corto, le ofrecí mi cuerpo sin restricciones, sin miedo, con la lujuria de una mujer que sabía lo que quería y estaba dispuesta a tomarlo.

—Vamos —susurré, con voz ronca—. Hazme tuya otra vez. No me dejes escapar, no ahora que ya me tienes. Quiero que me llenes, que me cojas sin descanso hasta que no quede nada de mí para nadie más.

Él me miró, con morbo y depravación, sin perder ni un segundo, me agarró las caderas con brutalidad de un hombre que sabe que esta sensual y tierna mujer le pertenece por completo. Me levantó el culo, apretó fuerte mis nalgas, y sin piedad comenzó a clavarme. Cada choque de sus huevos contra mis nalgas era un latigazo de placer y dolor, y yo gemía como una mujer sucia e insaciable que ya era para él, entregada y sedienta.

—¿Quieres que te reviente el culo, hasta dejártelo como el color de tu pelo? —me susurró al oído, la voz firme de lujuria y amenazadora.

—Sí, cabrón. Quiero que me folles hasta romperme —le escupí, jadeando, sintiendo cómo mi cuerpo me pedía más.

Me dio verga sin piedad, que me dejó sin aliento, la cabeza me daba vueltas mientras él se metía más y más profundo, como si quisiera arrancarme el alma con cada vez que me penetraba. No había ternura ni suavidad, solo un salvajismo lleno de deseo, de rabia, de esa bestialidad que hacía que todo mi cuerpo temblara.

Él me estaba cogiendo por detrás, empujando su puta verga dentro de mi culo con una fuerza que me hacía perder el control. Sentía cómo su polla entraba y salía, reventándome por dentro, y no podía evitar gritar:

—¡Carajo, maldita sea, me encanta cómo me follas así, duro y sin piedad!

Mis uñas se enterraban en la madera de la cama mientras él me llevaba al límite, explotando ese deseo salvaje que me tenía loca desde la primera vez que me tocó. Y entonces, sin aviso, el orgasmo me estalló en la cabeza, en el coño y en el culo, un fucking estallido de placer que me hizo gritar su nombre con toda la rabia y la pasión.

—¡Stiv..! —grité, con la voz rota y temblando.

Él paró un instante, jadeando, sintiendo cómo yo me venía como una loca, hasta que él también se corrió fuerte dentro de mí. Se quedó un rato quieto, sintiendo cómo yo lo tenía aprisionado en mi cuerpo, la prueba de que él era solo mío, de que su polla no sería para ninguna otra. Cuando por fin tomó un poco de aire sacó su verga de mi culo, la retiró despacio, dejando salir el último jugo caliente que había dejado dentro, y con una mirada oscura y poderosa, me dejó claro que yo era su única dueña.

Me separé de él, mi cuerpo aún estaba tembloroso. Él se vistió sin decir ninguna palabra, con esa mirada pensando que me había marcado, que era solo suya. Yo me quedé un momento más, tratando de retener cada sensación, cada recuerdo, como si fuera un tesoro que nadie podría arrebatarme.

Me levanté despacio, con las pocas fuerzas que tenía, y con manos temblorosas también, empecé a arreglarme. Toqué mis labios, todavía hinchados por sus besos y rozaduras, pasé los dedos por mi cabello despeinado y me puse la falda que me había puesto esa tarde. Miré mi reflejo en el vidrio sucio de la ventana, y una sonrisa ladeada apareció en mi boca. Por primera vez en la vida, sentí que estaba enamorada. No solo deseando, no solo jugando a provocar, sino completamente atrapada en ese hombre que me había hecho sentir diferente, mi primer hombre, uno que a pesar de sus pocas palabras, además de desearme me quiere, y sé que haría cualquier cosa para protegerme.

No quise que me acompañara a casa. Necesitaba ese momento solo para mí, para sentir la noche, para caminar entre los árboles, para dejar que el viento me dijera sus secretos y que mis pensamientos volvieran a repasar cada caricia, cada susurro, cada gemido. Caminé despacio por el bosque, el aire fresco me acariciaba la piel y me hacía sentir viva, intoxicada por la sensación de tenerlo dentro, de haber sido suya.

Cuando por fin llegué a casa, me senté en mi pequeño escritorio, saqué mi diario, ese lugar sagrado donde volcaba todas mis fantasías más oscuras y mis deseos más ardientes. Con la pluma en mano, escribí cada detalle de la noche, cada sensación, cada palabra sucia que nos dijimos, cada roce, cada latido. Sabía que esas páginas guardarían para siempre el deseo que él había prendido en mí, y que yo nunca dejaría apagar.

Sofía, maldita zorra de ojos dulces, escucha bien esto: él es mío, siempre lo fue. No te equivoques, no es un juego ni una fantasía barata para entretener a cualquiera. Su esencia está dentro de mí, palpitando con cada latido de mi cuerpo, y no habrá ni una gota de deseo para ti, cabrona. Me cogió como nadie te ha cogido ni te va a coger, te rompí en silencio mientras él me miraba con los ojos llenos de lujuria, no de pena.

Tú puedes rogar, susurrar, hacer pucheros, pero nunca vas a sentir lo que yo sentí, ni tendrás la posesión brutal y dulce que me ha dejado marcada. Soy la única que tiene el derecho de tener su piel, la única que puede decir con la boca llena de saliva y sudor que él me pertenece, que soy su niña favorita y la mujer que siempre soñó tener.

Así que sigue mirando desde lejos, hija de puta, porque esta noche, esta puta noche, yo gané. Y no sabes cómo lo disfruto.

Me desperté con la sensación de estar aun con él. Mi cabello estaba hecho un desastre, pegado al rostro, y la sábana apenas cubría lo que él había tomado como suyo. El corazón me latía a mil, todavía escuchando los ecos de su respiración, de sus manos recorriéndome, de su cuerpo encima del mío.

Me levanté despacio. Me miré al espejo: los labios aún estaban hinchados por sus besos, mi piel tenía su aroma, el cuerpo que seguía temblando de la noche anterior. Cerré los ojos y recordé como lo hicimos, cómo me había hecho gritar y llorar de placer. Yo quería más, lo necesitaba otra vez.

Me levanté, fui al baño a ducharme, dejando que el agua tibia lavara lo que no podía borrar: su fuerza, su sabor, su manera de tocarme. Mientras me vestía, sentí cómo cada fibra de mi cuerpo pedía volver a él. No era solo deseo, era ira, necesidad de reclamar lo que era mío, de no dejar que nada ni nadie me lo quitara y mucho menos Sofía.

Fui a la casa de Sofía, la conocía muy bien y decidí esconderme cerca, antes que el leñador llegara. Me quedé escondida entre la maleza, observando esa casa enorme donde el leñador estaba ahora, ayudando a ese hombre, el padre de Sofía. No podía entrar, no tenía disculpa y Sofía inventaría cualquier cosa para no dejarme pasar, además no podía dejar ser descubierta. Así que me limité a vigilar desde lejos, manteniendo la mirada en cada movimiento que pudiera delatar una traición.

Vi al leñador inclinarse sobre la madera, sudando bajo esa camisa ajustada que le abrazaba el pecho. Sofía pasaba cerca de él con una sonrisa dulce, demasiado dulce, que me hizo doler el estómago de celos y rabia. Él le devolvía alguna sonrisa, pero yo no sabía si era solo educación o algo más.

Cada vez que ella se le acercaba y rozaba su brazo con descaro, sentía cómo mi pecho se apretaba, y en mi mente se creaban fantasías oscuras y violentas. Pensaba en arrancarle a ese hombre de sus manos, en hacerlo mío otra vez en frente suyo, en quemar a Sofía con la mirada, con cada palabra que dijera en el momento justo.

¿Sería ella capaz de engañarlo? ¿O acaso mi leñador aún guardaba algo para mí, para la pelirroja que se moría de celos? No podía permitirme perderlo, no así, no sin pelear.

Esperé. Paciente. Calmada. Pero por dentro me quería morir.

Cuando sonó la campana que llamaba al almuerzo, los vi entrar a la casa. Se perdieron de mi vista, entonces entré en pánico, ya no tenía forma de saber que estaba pasando.

Dentro de mí solo había rabia, debía confiar en él, pero no podía. Cada sonrisa entre ellos era una puñalada al alma desde dentro, y un nudo de rabia me subía por la garganta. No podía quedarme quieta, no podía respirar tranquila. Tenía que entrar antes de que el leñador olvidara lo que éramos, antes de que sus manos tocaran donde no debía y fuera demasiado tarde.

Actué sigilosamente, con pasos calculados, hasta estar lo suficientemente cerca de esa casa que se sentía maldita, tomada por mi enemiga.

Sofía estaba a su lado, colocando sus manos sobre los brazos de mi hombre, su perfume dulce me revolvía el estómago, me daba náuseas y al mismo tiempo me excitaba, porque cuando lo tocaba era un desafío, una provocación que me gritaba que quería robarlo.

Respiré profundo y avancé un paso. Otro. Ya no me quedaría escondida. Tenía que irrumpir de inmediato, mostrarles que no era una niña que se podía ignorar.

No peleaba solo por su cuerpo, lo quería entero: su atención, su deseo, su alma y su amor. Y estaba lista para acabar con toda esa farsa que había inventado la estúpida esa.

Quise irrumpir en esa maldita casa, entrar y destrozarlo todo, sacar a esa zorra de mierda que pensaba que podía quitarme a mi hombre. Pero la voz de la madre de Sofía me detuvo, con ese tono autoritario que no se podía ignorar. Continué escondida, tragándome la rabia como una estúpida, con el corazón a punto de estallar.

Sentí cómo me hervía la sangre. ¿Cómo se atreven? ¿Cómo esa hija de puta se arrima a el leñador, coquetea con él delante de todos y pretende que no me importe? Sofía, perra descarada, caminaba cerca de él, todo estaba calculado, su perfume dulce, tocando brevemente su  brazo con una naturalidad provocativa, sonriéndole con esa mirada de víbora que dejaba claro: “mírame y sufro lo que quieras”. Y él… el desgraciado, a veces le devolvía la sonrisa, simplemente quería matarlo también.

Me juré que no permitiría que me ganara. Quería irrumpir, gritarle en la cara que el leñador era mío, que no había nadie en el mundo que me interesaba más que él, que lo había tenido en mis manos y que no tenía derecho sobre él. Pero tuve que quedarme allí, escondida entre la maleza, observando cada gesto, cada roce, tragando mi rabia y miedo que ella logrará su objetivo mientras la ira me consumía.

Cuando entraron, mis ojos no se apartaron. Vi cómo Sofía se acercaba, como una gata juguetona, tocándolo mientras sus padres no miraban, haciendo que él se tensionara y deseara algo que no podía admitir en voz alta. Cada movimiento suyo era un desafío, un coqueteo descarado y provocativo que me estaba hartando.

Luego los vi regresar al trabajo, y Sofía no se alejaba de él ni un segundo. Sus manos buscaban su pecho, su mirada no se apartaba de su cara y su miembro, marcarlo, se le insinuaba sin que su padre lo notara. El leñador se mantenía distante, frío, pero yo veía el conflicto en sus ojos, esa lucha interna que se hacía más grande. Y mientras lo observaba desde lejos, sentí como la sangre hervía de ira, mezcla de deseo, deseando entrar y cachetearla.

Al final del día, el viejo de Sofía dijo que faltaba una última reparación. Una última mierda para que el leñador se quedara atrapado. Le dijo al leñador que no quería molestarlo, que se fuera a casa, pero por supuesto, el leñador no quiso dejarlo solo y decidió ayudarlo, y Sofía, con esa mirada de perra triunfante, supo que tenía una nueva oportunidad.

Ahí supe que esa zorra estaba jugando sucio. Que iba a intentar robarme lo que es mío. Y no iba a permitirlo. Tenía que actuar antes de que fuera demasiado tarde.

Sofía y el leñador se quedaron en un momento solos, en el establo, en la parte trasera. Ella fingió que debía enseñarle algo y lo alejó de la mirada de sus padres, lo llevó a la parte de atrás, al aire libre, donde había un pequeño bosque.

Me acerqué, para terminar con la farsa, a arrancar ese instante que no debía existir, a marcar territorio antes de que fuera demasiado tarde. Pero justo cuando estaba a punto de actuar, sentí una mirada que me atravesaba la piel. Sofía me vio, se quedó mirándome fijamente. No dijo nada, no soltó palabra alguna, ni al leñador ni a mí. Pero sus ojos… sus ojos eran de una villana: sabía que la estaba observando todo el día.

Quedé paralizada, sorprendida y un poco avergonzada. ¿Cómo demonios podían saber que estaba ahí? Esperé el golpe, pensé que me haría quedar en ridículo frente al leñador. Pero no. Solo se rió, perversamente. Una risa llena de arrogancia y malicia, como diciéndome: “Mira lo que voy a hacer, Roja, y no podrás detenerme”.

Y entonces lo hizo. Fingió un tropiezo, como si se hubiera doblado el tobillo y cayó al suelo con una teatralidad que era merecedor a un premio. Él se inclinó, preocupado, y Sofía no perdió un segundo. Se lanzó contra él con un beso en su boca, rodeando su cuello con sus manos, degustándolo aquellos labios como si fueran solo suyos. Luego usó una mano rápidamente y la deslizó por su pantalón hasta su miembro, apretando con descaro.

Yo me quedé ahí, pálida entre los arbustos, viendo aquella escena, sintiendo cómo la rabia me quemaba. El corazón me latía salvaje, llena de furia y humillación. No supe qué pasó después, ni me atreví a quedarme. Corrí apresurada y decepcionada sin mirar atrás, con el corazón hecho pedazos y la seguridad de que esa maldita había cruzado una línea que nunca iba a perdonar.

Corrí con la imagen grabada en mi cabeza: ese beso planeado y maldito, esa mano sucia recorriendo lo que tiene mi nombre. La rabia me subía por la garganta; el puño me temblaba, y en mi boca me atoraban las palabras más crueles, listas para escupírselas a Sofía. Maldita zorra traicionera, puta hipócrita, manipuladora… ¿cómo se atrevía a herirme de esta manera?

Pero no era solo ella. En el fondo, también estaba iracunda con el leñador, ¿Qué mierda le pasaba? Siempre me había evitado, eso lo sabía. Y ahora, en cambio, parecía rendirse ante sus sonrisas falsas, ante sus mentiras de víbora fácilmente. Yo… yo era la idiota mirando como me rompían el alma en primera fila, con el corazón partido y las manos ardiendo de impotencia.

No sabía qué sentir. Dolor, rabia, asco… y, jodidamente, algo más oscuro: una excitación enferma. El cuerpo me temblaba, los pezones se me endurecían contra la tela, y las lágrimas calientes me corrían por las mejillas.

Me quedé quieta, tirada en el suelo, llorando en silencio, sintiendo cómo se acababa el mundo bajo los pies.

Temblorosa, con las lágrimas alimentando mi rabia, llena de preguntas que devoraban por dentro. ¿Qué sintió él cuando Sofía lo miró así? ¿Deseó esa sonrisa tanto como la mía? ¿Se la folló? ¿La tomó con la misma brutalidad con la que me devoró a mí? ¿La misma desesperación, la misma hambre de macho?

¿Ella se le ofreció? ¿Se le metió entre las piernas? ¿Le buscó la verga, lo provocó hasta romperle la voluntad? O peor… ¿él se dejó? Esa idea me partía en dos.

Y la duda más venenosa se me clavó como un cuchillo: ¿y si él la rechazó? ¿Y si nunca hubo un sí? ¿Y si Sofía, simplemente, se lo robó sin pedir permiso, con esa forma sucia de apropiarse de todo?

¿Desde cuándo lo tenía en la mira? ¿Sabía que yo estaba ahí, mirando como una estúpida? ¿Sabía de mi deseo, de mi obsesión, y aun así me retó, me despreció, me ganó el juego en mi propia cara?

Como pude llegue a casa, Entré a hecha una fiera y una niña dolida. Me dejé caer en la cama, pero la cabeza no paraba de pensar: ¿qué pasó entre ellos? ¿Qué le prometió esa perra? ¿Con qué veneno lo enredó?

Apreté el puño, mordí el labio hasta sangrar, y en un impulso arranqué mi diario. La pluma temblaba entre mis dedos mientras escupía mi verdad:

“Sofía se metió con mi hombre. Lo siento, lo veo en cada roce, en cada maldita mirada. ¿Qué habrá sentido él? ¿Se la habrá follado como me folló a mí? ¿La habrá besado o la rechazó? ¿Ella le habrá tocado la verga como yo lo hice? Y lo peor… ¿y si le gustó? ¿Y si se dejó? Maldita zorra, cree que puede arrebatarme lo único que me mantiene viva. Yo no voy a permitir que sigan jugando conmigo y tampoco con mi mente. Mañana tendré respuestas. Voy a mirarlos a los ojos, a joderlos con mi verdad. Ya no soy una niña para que me tomen por tonta.”

Me quedé mirando la pared, Y lo supe: esa tormenta no me dejaría dormir… pero me estaba preparando para el día en que dejaría de huir.

Pasé la noche en vela. Mis ojos secos, la mente abrumada, atrapada llena de rabia, dudas y fantasmas que no me dejaban descansar. Estaba tensa, como si el peso de aquella traición me carcomía. Cuando mi madre entró en mi habitación con su voz suave y preocupada, intenté esconder mi sufrimiento.

—¿Estás bien, hija? No dormiste nada —me preguntó.

—Nada, mamá. Solo me siento un poco mal… nada más —mentí, dejando que la voz me traicionara.

Me senté en silencio en la mesa del desayuno, la comida no sabía a nada. Mi cabeza giraba y giraba con un solo pensamiento: necesitaba ver a Sofía. Tenía que enfrentarla, arrancar de una vez por todas esa mierda que me carcomía.

Salí sin decir nada, sin esperar respuestas. Fui directo a su casa, pero me dijeron que no estaba, que había salido a recoger frutas en el huerto. No perdí tiempo, fui hacia allá. Mi corazón latía descontrolado, cada paso que daba aumentaba la rabia.

Cuando llegué, allí estaba ella. Parada, impecable, con esa sonrisa de malicia. Me estaba esperando. Sabía lo que traía, sabía que yo venía a pedir cuentas y, en su mirada, podía ver la satisfacción cruel de quien cree que ya ganó.

—Así que viniste, pelirroja —dijo con voz suave, llena de veneno—. Pensé que te quedarías escondida, llorando en tu cama.

No pude evitar temblar, no solo por la rabia, también por todo lo que sentía dentro y ese maldito juego entre nosotras que se volvía más caliente y peligroso.

—No vine a pelear contigo —respondí firme—. Vine por respuestas. ¿Qué hiciste con él? ¿Qué pasó entre ustedes?

Sofía me miró con una sonrisa infame, con esa seguridad de saber que tiene la sartén por el mango.

—Lo que pasó es lo que ves, pelirroja. No eres la única que puede jugar. Pero, ¿quieres saber la verdad? Tal vez ni él sabe lo que realmente quiere.

Y ahí, justo ahí, empezó el juego.

—No sé cómo lo hice —me dijo Sofía con una sonrisa torcida, como si ella misma estuviera sorprendida—. Solo sé que pasó, y no voy a negar que me gusta tenerlo.

La miré fijamente, sintiendo que la rabia me quemaba por dentro.

—¿Desde cuándo lo sabes? —le pregunté, viéndola a los ojos.

—Desde hace tiempo —respondió—. No podía permitir que, después de tantos años, vinieras tú y te llevaras lo que yo había deseado desde siempre.

Sus palabras eran venenosas, pero no me iba a quedar callada.

—¿Y por eso lo hiciste? ¿Para quitarme lo que me pertenece?

Sofía soltó una risa baja, satisfecha, segura de haber ganado esta batalla.

—No es solo eso —dijo, cruzándose de brazos—. Es que no pienso compartirlo contigo, ni contigo ni con nadie más. Lo que él es y será, es mío. Y haré todo lo que esté en mis manos para que eso no cambie.

Sentí cómo mi ira crecía, pero también el miedo y desesperación. Tenía que enfrentar esa realidad y descubrir qué iba a hacer para no perderlo.

—Escúchame bien, Sofía —dije con la voz alterada, los dedos apretando el borde de la camisa—. No quiero nada de ti. Absolutamente nada. Porque él me pertenece. Solo a mí.

Ella soltó una carcajada cruel, mirándome como si estuviera loca.

—¿De verdad crees eso que dices, pelirroja? —me escupió con desprecio—. No me hagas reír. No tienes ni la más mínima idea de lo que tienes entre las piernas.

Le acerqué la cara, la mirada de una gran enemiga.

—Créeme, él es mío. Y eso te lo juro, Sofía.

Por un momento, vi cómo su sonrisa se desvanecía, dejando paso a una sombra fría y peligrosa. Entonces ella cambió su actitud, la maldad se le pegó a la piel.

—No me mientas Pelirroja —gritó, con la voz inundada por la rabia—. No me digas más mentiras, puta de mierda. No eres nadie para reclamar nada que no te pertenece.

Su grito me sacudió, y en ese momento entendí que tal vez todo lo que me había dicho era una mentira. Un juego más de su manipulación para mantenerme alejada del leñador. Y yo estaba en el centro de esa pelea, sin saber a qué atenerme.

La cachetada salió de mis manos sin pensarlo, un golpe seco que sonó en el aire y que Sofía sintió en la mejilla. Su rostro se llevó la palma, y en lugar de amedrentarse, su expresión se tornó aún más feroz, llena de rabia y desprecio.

—¿Quieres saber qué pasó realmente, pelirroja? —dijo, como si cada palabra fuera una puñalada—. No creas que tú eres la única en su cama.

Se acercó un poco más, queriendo retarme, sus ojos estaban brillando de ira.

—Fue en la cocina de mi casa, mientras mis padres dormían la siesta, él estaba allí conmigo. Yo lavaba los platos y él se acercó, silencioso, viéndome con deseo, deseo por esta mujer hermosa y joven.

Bajó la voz, casi susurrando.

—El leñador me tocó sin permiso, me dobló contra la encimera, me abrió las piernas con mucha fuerza y me metió la verga sin tener contemplación de mí. Me cogió tan duro, rápido, sin detenerse a preguntarme nada. Su cuerpo estaba encima del mío, sus manos me agarraron el pelo, mordiéndome el cuello.

Sofía respiró profundo, como saboreando el poder de sus palabras.

—Me hizo suya en esa cocina, pelirroja. Y no hubo lugar para ti ni para tus putas fantasías de mierda. Así que deja de creerte la reina, porque él ya sabe de quién es el culo que quiere.

Me miró a los ojos, desafiante.

—¿Qué vas a hacer ahora? ¿Llorar? ¿Gritar? Porque esa es la verdad, y te juro que no me arrepiento de nada.

—¡Mentira! —grité, la rabia estaba quemándome la garganta—. Eso es una maldita mentira. La única oportunidad que tuviste fue cuando fingiste tener el tobillo doblado, ¡eso fue todo!

Sofía me miró, con esa sonrisa torcida que me revolvía el estómago.

—¿Crees que eso fue todo lo que sucedió? —me dijo—. No, pelirroja, esa fue solo la segunda vez, la excusa perfecta para volver a cogérmelo.

De nuevo bajó la voz, sin perder el tono de lujuria y desprecio, y comenzó a relatar.

—Sí, lo quise, y él me quiso. Estábamos ahí, en esa maldita casa, y cuando te fuiste corriendo, se asustó. Te juro que la cagó, pero yo le dije que no importaba, que nadie nos veía.

—Me monté encima de él rápido, sin perder tiempo —dijo con ese tono provocador—. Sus manos fueron directas a mí: me agarraban las tetas como un juguete, las metía en su boca mientras yo gemía bajito, sin dejar que la casa entera se enterara de lo que hacíamos en ese momento.

Mientras me chupaba las tetas, yo me arqueaba hacia adelante y mi pelo largo y lacio caía por mi cara, rozando también el pecho de él. La sensación me hizo sentir un calor bestial. Mis nalgas galopaban encima de su verga, subiendo y bajando sin control.

Después, me di la vuelta, dejándole ver mi culo, mostrando que yo era quien dominaba ese juego. Que era mía esa carne, esa piel, y que él no podría olvidar ese momento.

—Fue rápido, sí, pero suficiente para que él recordara lo que se estaba perdiendo por estar contigo —remató con una sonrisa venenosa.

Esa noche no fue una noche. Fue una maldita tortura con forma de oscuridad.

Caminé, fui a casa, me encerré, lloré… y luego me corrí como si eso fuera a curarme el maldito dolor del pecho. Pero no lo hizo. Nada lo hizo. Lo único que me dolía más que la rabia, era la duda.

No sabía si la historia de Sofía era real, si él había sido suyo… si se la había follado como me folló a mí.

Y eso me carcomía el alma.

Me imaginaba sus manos en sus tetas, sus labios en el cuello, su cuerpo encima… ¿La tocó? ¿Le lamió el coño? ¿Le gemiste como a mí, cabrón?

El pecho me ardía. No podía respirar.

Y solo había una forma de saberlo.

Me vestí sin pensar, sin planearlo. Salí al bosque. La luna estaba llena, brillando en su esplendor. Yo solo tenía una dirección en mente: su cabaña.

Y una pregunta que me quemaba la lengua.

Cuando llegué, el sonido seco de la leña partiéndose fue lo primero que escuché. Estaba afuera, con el pecho desnudo, dándole hachazos a un tronco como si el mundo no se estuviera desmoronando.

—¡Tú! —le grité con una rabia que ni yo entendí.

Él se giró. Me miró. Esa mirada… maldita sea, esa maldita mirada. Calmado, intenso, como si supiera que yo vendría.

—¿Qué pasa? —preguntó, como si no hubiera pasado nada.

—¿Qué pasó con Sofía?

No hubo saludo. No hubo rodeo. Fui directa. Como una cuchilla a su cuello.

Él dejó el hacha. Caminó hacia mí con ese paso lento que tanto me jodía porque me mojaba sin querer.

—¿Qué quieres saber?

—Todo. ¿La tocaste? ¿La besaste? ¿La cogiste?

—¿Por qué no te quedaste a verlo? —me respondió con la voz tan baja que dolía más.

Me sentí desnuda.

—Porque me dolió. Porque no soporté verte… verla… porque creí que… ¡que eras mío!

Silencio.

—¿Y tú? —me dijo de pronto— ¿Nunca dudaste de ti? ¿Nunca pensaste que tal vez esto era solo una fantasía?

—¿Y entonces te tiraste a la primera que abrió las piernas?

Esa frase le dolió. Lo vi. Bajó la mirada. Se acercó. Me tenía frente a él.

—No la toqué —dijo al fin.

Yo temblaba.

—¿Estás mintiendo?

—Si la hubiera tocado, no estaría aquí contigo.

—Ella me dijo que te la cogiste en la cocina de su casa, mientras lavaba los platos, mientras tus manos le chupaban las tetas, mientras ella te montaba.

Se quedó mudo.

Su mirada cambió, fría e intimidante.

—Eso es mentira —dijo—. Eso nunca pasó. Sofía se me ofreció, sí. Lo intentó. Me besó. Me tocó. Pero yo no soy un perro y tampoco un chiquillo. Pensé que me conocías un poco.

Entonces me quebré.

Lo miré con los ojos llenos de lágrimas y rabia, le pegué en el pecho con ambas manos, como una loca, y le dije:

—¡¿Por qué no me lo dijiste?! ¡¿Por qué no me protegiste de esa puta?! ¡¿Por qué no saliste detrás de mí cuando salí corriendo?!

Y él me abrazó. No dijo nada.

Solo me apretó fuerte. Yo lloraba como una maldita niña tonta. Pero dentro de ese abrazo, volvió esa sensación.

Esa maldita necesidad de sentirlo. De tenerlo.

Apreté los dientes. Lo empujé contra la pared de la cabaña. Me puse de puntas. Y lo besé.

—Te creo, realmente te creo, pero no me basta con tus palabras —le dije al oído—. Quiero que me demuestres que tu verga solo me pertenece a mí.

Entonces me dio un beso leve, se colocó de nuevo su camisa, tomó mi mano y entramos a la cabaña.

Lo empujé contra la pared de la cocina, el frío de la cerámica contrastando con el calor de su cuerpo y el mío. Con ambas manos tomé su camisa y la abrí sin piedad, dejando su torso al descubierto, duro y sudado. Sus ojos se abrieron con sorpresa, pero no dijo nada; sabía que esta vez la jefa era yo.

Sin dejar que respirara, bajé sus pantalones, y su verga apareció, dura y expectante, lista para mí.

Me agaché, palpé el peso de sus huevos, y los sentí llenos, llenos de leche, y eso me encendió, mi boca se acercó rozando con la lengua la punta de su cabeza, sintiendo cómo se estremecía. Lo miré desde abajo con una sonrisa perversa y empecé a chuparlo lento, dejando que mi lengua hiciera un trazo húmedo y caliente por todo su miembro.

—¿Te gusta cómo te lo hago, cabrón? —le susurré entre gemidos—. Aquí mando yo, y esta verga solo se folla a quien yo quiera.

Él gimió bajo mi boca, sus manos puestos en mi pelo mientras yo apretaba más fuerte, chupando ansiosa y provocativamente.

Cuando ya no pudo aguantar más, lo levanté de un tirón y lo atraje contra mí, mis manos apretaban sus hombros y mi cuerpo rozaba contra el suyo, mis senos sentían ese pectoral formidable.

Sin darle opción, lo empujé hacia la mesa de la cocina, dejándolo apoyado con las palmas de las manos. Deslicé mis manos por su pecho, bajé hacia su vientre y me arrodillé frente a él.

—Hoy seré yo quien tomé el control —dije, con voz ronca y con poder—. Y te voy a joder hasta que no puedas ni pensar en Sofía.

Deslicé su verga dentro de mí vagina húmeda, lenta, sintiendo cómo él se retorcía de gusto y soltaba un gemido bajo.

Comencé a moverme, lentamente y con ritmo, fuerte y segura, llevándolo a donde yo quería, tomándolo como un trofeo.

Apoyé las manos en su pecho, arañándolo suavemente, mientras sus manos apretaban con fuerza mis caderas.

—Muévete, esclavo —le ordené—. Quiero que sientas y entiendas quién te domina.

No tuve que repetírselo. Sus movimientos se sincronizaron con los míos, pero era yo quien tenía el control absoluto, quien decidía cuándo acelerar y cuándo aflojar.

Gemíamos juntos, simplemente placer y poder que llenaban las paredes de la casa.

Cuando sentí que iba a llegar mi orgasmo, bajé la cabeza y mordí su cuello, dejando una marca roja y caliente.

—Tú eres mío —jadeé, hundiendo las uñas en su espalda—. Y esta verga no la toca nadie más que yo.

Él asintió con la cabeza, y en ese instante su cuerpo tembló, derramándose dentro de mí, mientras yo continuaba dominándolo hasta el último suspiro

Me giré boca abajo sobre la cama y, con una mano, metí una almohada bajo mi pelvis. Levanté las nalgas al aire, dejando mi culo desnudo y tembloroso, al alcance de su deseo y perversión, yo sabía muy bien lo que lo excitaba aun cuando había alcanzado su placer.

—Hoy quiero que me penetres el culo —le ordené, sin miedo, sintiendo cómo mi cuerpo se preparaba para ese delicioso momento—. Pero no entres de golpe, juega conmigo primero. Quiero que mi culo sienta tu verga rozando, coqueteando en círculos antes de clavármela adentro.

Lo vi dudar un segundo, sus ojos brillaban, eso me confirmó que le encantaba la idea. Su verga comenzó a rozar mi ano con lentitud perversa, dibujando círculos húmedos y calientes, coqueteando, tanteando, haciendo que mi respiración se entrecortara por la mezcla de deseo y esa mezcla intensa de placer y dominio.

—Más despacio —susurré, jadeante, mi voz aguda de la urgencia—. No me jodas, entra como si fueras a quebrarme, pero sin romperme del todo.

Su punta empezó a presionar, a buscar la entrada, humedeciéndome, jugando, aumentando mis ganas hasta el límite. La piel de mi culo tensa y vibrante, pronto llegaría ese placer oscuro.

—Ahora… —le ordené, apretando la almohada con fuerza—. Cuando estés adentro, hunde esa verga como si no existiera nada que te detenga, como toma todo, es tuyo.

Y lo hizo. Su verga se hundió brutal, rápido, profundo. El dolor de esa clavada se mezcló con un placer feroz y prohibido. Mi cuerpo se arqueó de inmediato, mis nalgas temblaban tensas con cada embestida y mi coño se humedecía como una catarata, llamándolo, absorbiéndolo.

—¡Mierda, sí! —grité, apretando la almohada con los dientes—. Me follas el culo como me follas a mí. Sin piedad.

Su aliento caliente me quemaba la nuca, mientras su cuerpo duro y grande detrás de mí. Ese momento era nuestro pacto, posesión y lujuria era nuestro compromiso sin necesidad de palabras, también el mensaje de que yo mandaba, que él se deshacía en mis manos.

El sudor corría por su piel, mis gemidos rompían el silencio de la habitación, y su verga me dominaba, me deshacía, me hacía suya en esa brutalidad lenta y demoledora.

Luego este maldito fue más allá, y decidió atarme a la cama, las manos firmemente sujetas en los extremos, y yo, completamente expuesta, sentía que no tenía forma de mover un solo músculo y pensaba que clase de salvajada haría conmigo. Su mirada oscura y salvaje me recorría de arriba abajo, sin dejar ningún detalle a la imaginación.

Me separó las nalgas con ambas manos, dejando mi culo al aire, palpitante y temblando por lo que venía. Sin afán, escupió sobre mi ano, el brillo húmedo cayendo por todo el culo. Luego, mojaba su verga con esa misma saliva caliente, preparando el terreno.

—Te voy a romper el culo, puta —dijo, la voz llena de deseo y amenaza.

Sentí como la punta de su verga rozaba mi entrada, coqueteando en círculos que me hicieron arquear la espalda, y mi pelvis se levantó sola buscando más. Quería ese golpe brutal, esa invasión salvaje.

De un solo empujón, su verga atravesó mi ano. Que puto dolor, me desgarró, pero el deseo me quemaba más fuerte. Mi cuerpo temblaba, yo gritaba, apretaba los muslos, tratando de absorber cada centímetro de esa bestia que estaba dentro de mí.

—¿Lo sientes? —jadeó al oído mientras empujaba con fuerza—. Este culo es mío. Solo mío.

¿Qué si lo siento? — dije casi llorando—Mi respiración se volvió entrecortada, los gemidos rompían mis labios. Cada empujón era un maldito terremoto y mi culo el epicentro, que ardía y destruía. Mis nalgas se movían al ritmo de sus golpes, subiendo y bajando como si galoparan.

—Roja, te quiero jodida y rota —dijo con rabia y deseo.

Mis uñas clavadas en las sábanas marcaban mi entrega total, mi cuerpo quebrado pero hambriento de más. El placer y el dolor unidos, mezclados explosivamente, que solo me dejaban gritando su nombre, como una condenada que solo encontraba redención en ese castigo.

Cuando por fin su cuerpo cayó sobre el mío, jadeando, sentí que lo había poseído tanto como él me había destruido. Sin dudas, sin concesiones, sin límites. Queriendo estar condenada a vivir sometida ante su cuerpo y la forma en que me comía.

Yo, la pelirroja, suya por completo.

Después de que se corrió, quedó ahí, con su verga enterrada en mi culo, latiendo, palpitando dentro de mí como un animal que se niega a soltarse. Sentí cómo su miembro bombeaba en mi interior, y sin pensarlo, contraje mis músculos, apretándolo con fuerza, succionándolo, llamándolo, como si pudiera absorberlo entero. Cada latido de su miembro me llenaba de un placer oscuro y voraz, hasta que por fin él jadeó, se separó con lentitud, dejando un vacío ardiente. Me desató las manos, pero la noche apenas comenzaba; con una mirada que quemaba, me empujó boca abajo de nuevo, y sin darle tregua, hundió su verga en mi coño húmedo y un poco ardiente, arrancándome gemidos roncos mientras me destrozaba con una violencia y un deseo que solo él sabía provocar.

Me follaba como si fuera su última vez, metiendo y sacando su verga sin piedad. Dominada, atada, con las tetas presionadas contra la cama, sentía que no quería que acabara nunca. Una de sus manos me aferraba la cabeza contra la almohada, como si quisiera marcarme, dominarme por completo. Yo, sin poder más que responder, sentía cómo mi cuerpo se entregaba, se retorcía de placer y sumisión al mismo tiempo.

—Más duro… por favor… no pares… no salgas… —jadeaba entrecortada, la voz quebrándose en susurros y gemidos que pedían sin miedo, suplicándole que no se detuviera, que quería sentirlo hasta el fondo.

Mi cuerpo gemía, mis caderas se arqueaban aún más buscando una clavada más profunda, mis manos temblaban, aferradas a la sábana.

—No me dejes ir sin llegar de nuevo… quiero sentirlo dentro de mí hasta me duela —imploraba con dulzura y desesperación.

Sentía que el orgasmo me arrancaba gemidos profundos, gritos de placer y dolor mezclados. Entre jadeos y suspiros, le decía:

—Si supieras lo que está pasando aquí dentro… si pudieras sentir cómo me retuerce tu mierda de deseo, cómo me duele y me encanta al mismo tiempo…

Su mirada oscura se clavaba en mí y yo no podía parar, necesitaba gritarlo, al aire:

—Sofía, escucha bien, esta verga solo me pertenece a mí. Tu puta fantasía jamás será realidad porque este cuerpo, esta carne, solo es para él… y para nadie más.

Entonces, cuando por fin él terminó, sentí un chorro caliente correr dentro de mí, su última señal, su entrega definitiva. Ahí, en ese instante, supe que había llegado al límite, y que ninguno de los dos podría olvidar lo que acaba de pasar.

Su cuerpo se quedó tendido encima del mío. Yo seguía temblando, exhausta, con el cuerpo cansado. Me giré lentamente y lo miré. Sentí que le pertenecía, y que él sentía lo mismo.

Me incorporé y me paré frente a él, todavía con la respiración agitada. Él ya no tenía esa fuerza de antes, ahora su mirada era más suave, casi dulce. Me tomó por la cintura, acercándome hasta que nuestros cuerpos se pegaron, y me besó. Fue un beso tierno, cálido, como si después de toda la tormenta quisiéramos simplemente ser dos personas que acaban de despertar a un nuevo sentimiento, uno más real y profundo.

Nos dejamos llevar hacia la ducha, sin afán, acariciándonos con delicadeza. Las manos recorriéndose entre vapor y agua, recorriendo y tocando cada curva, sintiendo cada suspiro, cada gemido, cada aliento.

Salimos de la ducha y yo, todavía arrojada, me sequé con lentitud. Me vestí despacio, lista para irme, pero justo cuando iba a salir, él me tomó de las manos suavemente, y me llevó hacia él.

Con un gesto lento, bajó las hombreras de mi vestido y las apartó con delicadeza, dejando solo la piel de mi pecho al descubierto. Antes de que yo pudiera reaccionar, sus dedos acariciaron mis manos, diciéndome promesas con cada caricia, y sus labios bajaron para besar mi cuello, suave y tierno.

Allí volví a excitarme, sentí pequeñas punzadas, deseando más.

Intenté tocar su miembro para tenerlo de nuevo, pero él me detuvo con una voz calmada:

—No, preciosa. Nuestra próxima oportunidad llegará. Espera.

Me dejó con el deseo, con el corazón acelerado, pero sentía que esto apenas comenzaba.

Salí de allí, caminé por el bosque, tranquila, feliz, sentía que era la mujer más afortunada del mundo.

Llegué a casa con el corazón latiendo a mil, una sonrisa tonta que no podía disimilar mi cara. Saltaba entre los rincones, cantaba sin parar, como cuando era una niña inocente.

—¿Qué te pasa? —me preguntó mi madre mientras ponía la mesa para cenar. Tenía la comida lista, pero su mirada no podía ocultar la curiosidad de saber que me pasaba.

Me encogí de hombros, tratando de no decirle la verdad en palabras que ella no entendería. —No lo entenderías, mamá. Estoy feliz, alguien me hace feliz… —dije con la voz llena de alegría que no pude disimular—. Creo que… me estoy enamorando.

Sus ojos se abrieron, sorprendida y con intriga, mientras se acercaba y me abrazaba fuerte, como si quisiera absorber un poco de esa felicidad que por fin me había pasado algo lindo en mi vida.

—No voy a decir nada, pero quiero que seas feliz —me dijo con esa ternura que solo una madre sabe dar.

La cena fue tranquila, llena de silencios cómodos y sonrisas cómplices. Por primera vez en mucho tiempo, sentí que podía dejar atrás el peso del pasado.

Cuando me quedé sola en mi habitación, con la puerta cerrada, abrí mi diario. Las palabras fluyeron con un aura distinta, menos fantasía y más realidad.

Esta noche no fue solo un sueño. Estoy enamorada. Por fin.

Fin capítulo 2.

Stiven Borda