Había algo en ella que me hacía sentir completo. Era su risa, su mirada, su forma de hablar, sus pucheros y sus mimos. Todo en ella era perfecto para mí. Y así fue como decidí que ella sería mi compañera para siempre.
La invité a cenar en un lugar donde el cielo y las estrellas se juntaban para hacer realidad sueños y quitar tristezas, un lugar alejado del ruido, del ruido y donde la tecnología no nos interrumpiera. Luego de destapar una deliciosa botella de vino y de brindar con una sonrisa de niños que sienten amor por primera vez le propuse matrimonio aquella noche… en una noche de luna llena.
Me arrodillé frente a ella y le pedí que fuera mi compañera de vida, que me acompañara en todos los momentos buenos y malos que les esperaban, que no concebía la idea de ver el firmamento y sus misterios si no estaba ella a mi lado para hacerme compañía, que en sus ojos yo tenía toda una constelación para mí solo, que no deseaba ver amanecer alguno si el despertar no tenía su aroma.
Ella aceptó, con lágrimas en los ojos, y yo le prometí amarla para siempre. Desde ese momento, mi vida cambió. Ya no éramos dos personas, sino una sola. Había un compromiso de amor, un vínculo que los unía de por vida, más allá de una ceremonia o un anillo, fue como una alquimia de cuerpos. Y aunque las cosas no siempre serían fáciles, siempre nos recordaríamos la promesa que nos hicimos en el momento que dijimos «acepto».
Desde entonces, me dediqué a sorprenderla con pequeños detalles que solo un hombre como yo podía darle, pues este amor que sentía, era solo para ella, nunca hice nada así por alguien que hubiera amado antes: cartas escritas a mano que escondía entre sus libros, flores silvestres dejadas en su almohada al amanecer, mensajes de amor con palitos, versos hechos solo para ella que le susurraba al oído en noches de luna. Su sonrisa al descubrir cada detalle era mi mayor recompensa, y cada día era un nuevo motivo para amarla mucho más.
Años después, en un día de aniversario, la sorprendí con una cena romántica, fuera de lo común, pues desde que decidió hacerme feliz con su compañía me esmeré por crear detalles únicos para ella, detalles que ya nadie da, de esos que te generan sonrisas y ganas de amar intensamente, detalles que no tienen un valor monetario, pues ella y yo parecíamos de viejas épocas, donde la palabra “te amo” era real y puro.
Le recordé todo lo que habíamos pasado juntos, desde los momentos más felices hasta los más difíciles. Le dije que la amaba más que nunca y que siempre estaría a su lado, pasara lo que pasara, que nunca estaría sola mientras yo viviera y que la protegería contra todo aquello que pudiera hacerle daño.
Cada aniversario, cada fecha especial, era una excusa para recordarle lo afortunado que me sentía. Le organizaba paseos bajo las estrellas, picnics en lugares hermosos de la naturaleza, almuerzos en campos cubiertos de flores, y escribía poemas que dejaba en su taza de café por las mañanas antes de ir a trabajar. Verla feliz era, para mí, el sentido de la vida misma.
Cada noche, al abrazarla, sentía que la vida tenía sentido, que no importaban las dificultades de la vida mientras sus latidos acompañaran a los míos. Su respiración serena me recordaba que la felicidad no estaba en lo material, sino en esos pequeños instantes compartidos en silencio, donde solo existíamos ella y yo. Solo quería amarla, entregarle todo eso que siempre quise darle al amor de mi vida cuando apareciera.
Ella se emocionó hasta las lágrimas y me recordó que ella también había hecho una promesa, una promesa de amarme para siempre. Juntos, brindamos por nuestro amor, por el compromiso y por la promesa que habían hecho de amarnos para siempre.
Años más tarde ella enfermó, su corazón comenzó a fallar, era cuestión de tiempo antes que este se detuviera por completo., su sonrisa ya era tenue y con lágrimas en sus ojos me decía, “no quiero irme, quiero que estés conmigo siempre” yo le contesté con una gran sonrisa mientras acariciaba su rostro – “¿recuerdas por qué te pedí que te casaras conmigo?, porque para mí lo eres todo y nunca rompería aquella promesa de protegerte siempre”. Yo no podía concebir mi vida sin ella y por otro lado ella era muy joven para morir.
Intenté buscar ayuda por todos lados para salvar su vida, pero nunca tuve respuesta, el tiempo se acababa, y sus ojitos se podrían cerrar en cualquier momento. Mi amor sentía mucho dolor y me dijo – tal vez mañana no pueda abrir mis ojos una vez más, por eso quiero decirte que te amo y que nunca olvidé nuestra promesa- nos dimos un beso profundo y salí de allí.
Incluso en esos días oscuros, seguí inventando formas de hacerla sonreír: llevaba a su habitación el perfume de sus flores favoritas, llenaba las paredes con fotografías de nuestros mejores momentos desde que nos conocimos y le narraba historias de nosotros, de los sueños que aún podíamos compartir en sus pensamientos. Su felicidad, aun en el dolor, era el motor de mi existencia.
Solo le pedía que no se rindiera, que confiara en mí, en mis palabras, porque mis promesas nunca las rompía, y que yo hallaría la forma de que ella riera por muchos años más.
El vacío que sentí al cerrar esa puerta fue como si el mundo hubiera dejado de girar. Caminé bajo la lluvia, pidiendo al universo un milagro, dispuesto a entregar todo lo que tenía, incluso mi propia vida, si eso significaba salvarla. En el silencio de la noche, solo el eco de mi súplica me respondía.
Al día siguiente ella despertó, ya no sentía dolor, y entre lágrimas y risas les pedía a los médicos que me llamara. La doctora se acercó a su cama y llevó la mano de mi amor a su corazón y le dijo con dulzura – él no puede verte ahora, pero estoy segura de que está muy feliz, pues ahora es parte de ti.
Mi esposa no lograba entender que quería decirle la doctora y comenzó a gritar desesperadamente, la doctora sacó de su bolsillo una pequeña nota que le pedí le entregara si todo salía bien que decía: “Hasta el final siempre cumplí mi promesa amor mío, te prometí que nunca estarías sola y que siempre te protegería de todo lo que pudiera hacerte daño, ahora tienes mi corazón, no dejaré de existir, ahora seré parte de ti”.
Desde entonces, cada latido en su pecho es un recordatorio de lo que fuimos, lo que somos y de lo que seremos. Y aunque mi cuerpo ya no esté a su lado, sé que mis latidos la acompañan en cada paso, en cada sueño, en cada nuevo amanecer. Porque el amor verdadero no termina con la muerte, solo se prolonga por la eternidad.
Stiven Borda

