El Residente

Déjame salir —me susurra aquel hombre en mi interior.

(Yo) —Sabes que no puedo hacerlo, soy el único que conoce tus alcances y los dos sabemos los estragos que causas.

(Él) —¿A qué le temes? ¿Acaso tienes miedo de que sea yo quien tome el control? No seas aburrido, permíteme divertirme, aunque sea un poco, como en los viejos tiempos. Escoge la presa que desees, nunca nos ha fallado. Recuerda que tomábamos lo que deseábamos, lo que para otros les resultaba inalcanzable, para nosotros era un juego de niños.

(Él) —Me estás haciendo enojar, tus decisiones me hartan y, por más que luches, sabes que en algún momento tienes que alimentarme para calmarme, para calmarnos. Te has vuelto indulgente y débil, tú no eres quien pretendes ser ahora; tu mesura me resulta chocante…

(Yo) —¡Cállate! He tenido suficiente de tus reproches. Salir te está prohibido. Malgastas tu tiempo intentando persuadirme. ¿Si te consideras tan fuerte, entonces qué haces allí dentro? No olvides quién tiene el poder, ahora las cosas son diferentes.

(Él) —¿Diferentes, en serio? Ja, ja, ja. Sabes que conozco nuestros deseos y también nuestras apetencias.

(Él) —No puedes pretender que siga observando. También yo he tenido paciencia contigo. No es culpa nuestra que vengan a nosotros siempre. Me provocan, tocan mi puerta y debo quedarme en este maldito lugar, solo porque quieres ser diferente. No seas estúpido, no te engañes. Sabemos quién abrirá la puerta de esta maldita celda, pues también lo deseas. Simplemente estás ganando tiempo, lo cual es absurdo, pues el resultado será el mismo.

(Yo) —Te di total libertad y albedrío. Te saciaste hasta el cansancio. ¿Acaso eso no es suficiente para ti? ¡No me jodas! Ya volamos juntos, ahora necesito caminar solo.

(Él) —¿De qué carajos te ha servido hasta ahora?
Lo único que has logrado es que te lastimen, que te vean débil. Estás malgastando nuestro tiempo intentando hacer las cosas bien. Vas por el camino difícil, el tortuoso.
Yo sé que también te preguntas si realmente esto vale la pena, y yo te contestaré: ¡NO!

(Yo) — Tú eres quien no debe perder el tiempo intentando persuadirme de cosas que no pienso hacer. No importa cuanto tiempo me lleve, tampoco lo deba hacer, estaré bien y tú nunca saldrás de el lugar que te he encerrado.

(Él) —No intentes retarme. Que yo permanezca en las sombras no significa que no tenga el poder suficiente para retornar de nuevo. Tienes miedo, miedo de volver a donde perteneces. Te estás equivocando una y otra vez en creer que no me necesitas, no seas obstinado mi amigo, esto no funcionará para ninguno de los dos.

¿Quieres seguir sufriendo? Entonces dejaré que te sigas lastimando. Dejaré que el dolor y el miedo te consuman un poco más. Pero no creas que permitiré que todo esto se prolongue demasiado.
Por ahora, seguiré aquí sentado, esperando que me des la razón y me pidas que vuelva. Solo no olvides… me estoy cansando. También recuerda que te lo advertí.

(Yo) — No me amenaces. Aunque tengas tus alcances, recuerda que aquí yo soy tu creador. Fui yo quien te dio ese poder del que presumes. Si aún no he terminado contigo, es porque requiero un poco más de tiempo. He estado a punto de exiliarte por completo, pero también debo darte la razón en algo: cuando creí que serías borrado de mi ser, pasaron cosas que no pude controlar y volviste a tomar fuerza.
Pero nunca te he liberado, y no te daré la oportunidad de volver a ver la luz, porque tú no eres luz… solo eres oscuridad.

No sé cuánto me cueste. No sé a qué más deba renunciar. Pero sin importar cuánto sufrimiento y dolor deba soportar, tú no volverás. Entiéndelo bien. Ahora, sal de mi vista.

(Él) — Ya veremos a quién le dará el tiempo la razón.

(Yo) — No te equivoques…
No soy débil. Nunca lo he sido. Y si alguna vez me viste caer, fue porque estaba aprendiendo a levantarme con más fuerza.
Tú, más que nadie, deberías saberlo.

Si algo aprendí de ti, fue a ponerme una máscara. Una que me sirviera no para ocultarme, sino para observar. Para conocer a las personas como realmente son, sin que lo noten. Porque sé analizar, porque no entrego mi confianza, porque tú y yo sabemos que en el fondo… soy frío. Distante. Apático.

No es que me haya vuelto solitario. Es que siempre lo he sido. Y no dejaré que nadie pase por encima de mí. No más.

Tengo ese poder extraño, lo sabes. Puedo hacer que se acerquen a mí, puedo atraerlos, despertar su curiosidad… pero la entrada les es prohibida. Porque mi corazón no es refugio.
Es un laberinto. Es un arma. Es una trampa.

Sí, tengo mucho poder. Más del que tú mismo llegaste a imaginar. Pero no quiero herir a nadie.
Por eso prefiero que se mantengan lejos. Por eso elijo el silencio, la soledad, la distancia.

Así que no me menosprecies.
No te confundas con mi calma, ni con mi forma de callar.

Yo soy quien sostiene la puerta cerrada… y tú solo eres el eco que todavía intenta derribarla.

Stiven Borda

+