Claudia no era cualquier mujer. Ella, una mujer madura, tenía la elegancia que solo da el tiempo y el carácter. Ejercía un buen cargo en una empresa importante, hablaba con propiedad, vestía con buen gusto, y mantenía su cuerpo firme y tonificado gracias al ejercicio. Tenía una presencia que imponía… y una mirada que, sin proponérselo, podía poner de rodillas a cualquiera.
Vivía en casa con una amiga, y aunque ella tenía una pareja que la visitaba de vez en cuando, casi siempre se les escuchaba discutir. Gritos a media noche, puertas cerrándose con fuerza. Cuando ella se quedaba sola, a veces lloraba, caminaba con una sombra en el rostro, como si estuviera cansada de todo, su vida parecía monótona. Al parecer no era feliz. Su amiga
Fue ella quien le alquiló un cuarto en su casa a aquel hombre, no porque necesitará dinero, más bien por una petición de una gran amiga, quien comentó que este hombre necesitaba un alojamiento por tan solo un mes. Luego de ello, el se iría de allí. Aquel hombre le había dado buena impresión. Y él, desde que se instaló, fue siempre respetuoso.
Hasta aquella mañana.
Ella entró al baño de servicio y, minutos después, su voz explotó por el pasillo:
—¡¿Qué carajos es esto?! —gritó, iracunda.
Aquél hombre «S» salió de su habitación, desconcertado. Claudia estaba de pie frente a la puerta del baño, señalando el suelo con asco y furia.
—¡¿Es esto semen?! ¡Dime si acaso te masturbas en el puto baño de la casa donde vives!
Él parpadeó, confundido, molesto por su tono, pero aún con el intento de mantener la calma.
—No, no fui yo. No es mío. No es tu incumbencia, pero hace semanas que ni siquiera me toco.
—¡Ay, por favor! ¿A quién más se lo voy a atribuir? ¿A mi amiga, a su novio? ¿A mi pareja? ¡Eres el único que entra ahí solo!
—Mira —dijo él, firme, mordiéndose la lengua para no estallar—. Te estoy diciendo la verdad. No tengo idea de qué es eso y mucho menos quien fue.
Pero Claudia no se calmaba. Seguía soltando acusaciones, palabras duras, insinuaciones que cruzaban la línea. Él respiró hondo, conteniéndose… hasta que algo en su interior se quebró, ella había colmado su paciencia.
—¿Sabes qué? Si estás tan segura de que es mío, ¿por qué no me haces una paja y lo compruebas tu misma?
Un leve Silencio .
Claudia lo miró, con los ojos abiertos, sorprendida por aquellas palabras. Pero no retrocedió. Algo en sus labios se curvó en una mueca ambigua entre el enojo y la excitación. Dio un paso hacia él, sin apartar la vista.
—¿Qué dijiste? —soltó con voz baja, tensa y queriendo entender las palabras de su inquilino «S».
Él tragó saliva. Lo había dicho sin pensar, llevado por la ira, pero no se arrepentía del todo. La miró de frente, sin pestañear, aunque por dentro lo embargaba cierta vergüenza.
—Perdón Claudia… me excedí. No debí decir eso —dijo con voz firme, pero más calmada—. Creo que lo mejor es que yo me vaya de tu casa. No quiero faltarte el respeto. Pero tus gritos, tus acusaciones, lo que dijiste… me indignaron. No soy esa clase de hombre que te estás imaginando. Y no voy a quedarme donde me tratan como a un enfermo.
Claudia lo observó en silencio. Algo en su expresión cambió. Ya no se trataba de una simple rabia. Al parecer se había encendido una chispa en su interior, un desconcierto extraño mezclado con algo que no sabía cómo ocultar, pues nunca antes le había sucedido algo así.
—Gracias por haberme abierto la puerta de tu casa —continuó él—. Pero esto cruzó una línea. Voy a empacar mis cosas y me iré a un hotel.
Ella cerró los ojos un segundo, respiró hondo, como si necesitara controlar algo que se removía dentro. Su cuerpo aún tensado por la rabia, pero su mente ya no tan clara. Había algo más ahí, algo inesperado. Esa frase que él dijo… «deberías hacerme una paja»… le había llegado más profundo de lo que ella admitiría.
Él La enfadó, pero al mismo tiempo… la había intrigado y sentía algo de curiosidad.
Lo deseaba. No podía negarlo.
Se giró hacia él, con el ceño fruncido, pero sus ojos brillaban con esa mezcla explosiva de furia y deseo.
—No te atrevas a irte —dijo Claudia con un tono autoritario—. Aún no.
Él frunció el entrecejo.
—Claudia, por favor…
—¡No! —lo interrumpió ella, dando otro paso, tan cerca que ya podía sentir su aroma a perfume Invictus mezclado con el calor de su piel—. Dijiste que no era tuyo, ¿verdad? Que no fuiste tú, que pienso mal de ti. Pues tal vez debo darte una oportunidad, vas a demostrarlo. Ahora.
—No tiene sentido, olvídalo.- dijo él.
—No, no pienso olvidarlo —respondió, con la mirada fijada en los ojos de él—. Te grité, te insulté, lo admito, tengo rabia, pues no puedo admitir que algo así suceda y si fuiste tú, entonces tengo el derecho de estar enojada. Pero tú… me respondiste como ningún otro hombre me ha hablado jamás y no puedo negar que eso es inquietante y extraño para mí, quisiera abofetearte pero dentro siento otra sensación extraña. Pero si tuviste los huevos para decirme algo así, espero que tengas los huevos para demostrármelo.
Silencio.
Ella bajó un poco la voz, sin perder firmeza.
—Sácate la verga.
Él la miró con incredulidad. Pero no podía negar lo que sentía en aquél momento: su cuerpo comenzaba a reaccionar solo, sin permiso.
—Después de que yo compruebe si es cierto, si realmente no fuiste tú… me retractaré. Te pediré disculpas. Pero hasta entonces —dijo Claudia, con voz baja, intensa, casi temblando, pasaba saliva de tantas ansias—… no te moverás de aquí.
Su mirada no era solo de enojo, era deseo contenido, era excitación profunda. El tipo de deseo que nace de lo prohibido… y se vuelve imposible de ignorar.
Sácatela —repitió Claudia, con esa mezcla venenosa de enojo y deseo en la voz.
Él la miró en silencio. Podía irse. Podía terminar con eso en un segundo, dar la espalda, empacar su maleta, dejar atrás esa casa y aquella mujer que lo atraía desde el primer día. Pero no lo hizo.
El ambiente entre ellos en ese momento estaba cargado de cierta hostilidad lujuriosa. Ella lo sostenía con la mirada, sin parpadear, como si supiera que lo que él dijera o hiciera a continuación pudiera cambiar su forma de actuar e influiría en su vida de manera radical .
—Hazlo —repitió Claudia, con la voz más baja, ronca, caliente e impaciente—. Sácatela. Aquí. Ahora.
Él no dijo una sola palabra, bajó la mirada, pero no por sumisión, sino porque su cuerpo ya lo había decidido. La expresión de sus ojos cambió de inmediato, como si ella hubiera despertado un león dormido en su interior. Movió lentamente la mano hasta su cinturón, bajó el cierre del pantalón. Una corazonada le decía que ella lo deseaba tanto como él a ella.
El metal de la hebilla rompió el silencio del momento cuando la soltó, pues pareció rebotar en las paredes como una campanada sorda. Ella no apartó los ojos.
Cuando bajó la cremallera, su verga ya comenzaba a verse endurecida, hambrienta de ser tocada, vista, expuesta. Sacó su miembro con lentitud, gruesa, venosa, caliente, saltó libre, palpitando con cada latido de sangre acumulada. Palpitaba como si tuviera vida propia.
El contraste con el aire le sacó un leve jadeo. Claudia lo miró fijamente con los labios entreabiertos, como si el enojo incontrolable del comienzo se hubiera transformado en algo más denso… más salvaje, completamente carnal.
—Mírate —murmuró ella, dando un paso más—. tu verga se puso tan dura solo porque te dije que te la sacaras. ¿Así de mucho me deseas, mi querido «S»?
Él no respondió, tan solo una sonrisa picara acompañado del fruncido de su ceja. Él no tenía que hacerlo. Ella lo sabía. Lo veía en sus ojos, lo veía en la forma en que su verga se alzaba poco a poco, tensa, lista.
—Mastúrbate para mí —ordenó Claudia, cruzándose de brazos, pero sin dejar de mirarlo con ojos hambrientos—. Quiero ver cómo lo haces cuando crees que nadie te ve. Sé un buen chico… enséñame.
Él quiso hacerlo, para jugar un poco con la debilidad de Claudia y ver su rostro. Rodeó su miembro con la mano y comenzó a moverse lento, deslizando su prepucio hacia abajo, luego hacia arriba, dejando que la sangre lo hiciera más duro con cada movimiento. El glande se infló, brillante, humedecido por el líquido que empezaba a salir para lubricar el miembro.
Entonces Claudia se agachó lentamente, su rostro a la altura de su erección. Estaba tan cerca que él podía sentir el calor de su aliento rozando su verga. Lo miró desde abajo, altiva y desafiante.
—No voy a tocarte todavía —susurró ella, jadeando—. Quiero que te agarres tú mismo. Mastúrbate para mí ¡por favor!
Él dudó un segundo… pero luego envolvió su puño alrededor del tronco. Un leve gemido escapó de su boca al primer movimiento. Se empezó a masturbar lentamente, con la vista fija en esos ojos que lo devoraban con deseo feroz.
—Eso… así —dijo ella, acercando su rostro lentamente a el miembro de su inquilino—. Quiero ver cómo late, cómo se te pones más duro. Quiero oírte respirar fuerte por mi culpa.
Claudia lo observaba sin pestañear, sus pupilas estaban dilatadas, respirando cada vez más hondo. Su cuerpo reaccionaba sin permiso.
Él comenzó a jadear, la mano subía y bajaba con ritmo constante, firme, mientras los dedos apretaban la base con fuerza. La punta de su miembro ya brillaba con el líquido preseminal, y ella lo notó.
Claudia era una mujer realmente hermosa, para aquel momento llevaba una blusa blanca ajustada, sin mangas, y una falda corta de tela suave color negra, apenas a medio muslo. El sostén era negro, de encaje, firme y elegante. Abajo, una tanga diminuta, también negra, con una tira delgada que se hundía entre sus nalgas.
Claudia, con total excitación subió una de sus manos, lentamente, hasta su suave y exquisito pecho izquierdo. Apretó el seno sobre la tela, lo moldeó, lo rodeó, y luego metió su mano por el escote. Se acarició el pezón con la yema de los dedos, dándole pequeños círculos, pellizcándolo suave, dejando escapar un jadeo apenas audible.
—Mmm… sí… así —dijo ella con voz aguda—. Me encanta cómo se te hincha… ¿estás así de caliente por mí, inquilino?
Él la miró sin dejar de masturbarse. Su mano ya subía y bajaba con más hambre, su mirada se volvía más violenta y sedienta. Su respiración era agitada y su respiración como un búfalo enfadado .
Claudia bajó su otra mano por la falda, levantándola lentamente. La tela se deslizó por sus muslos bronceados hasta dejar ver la diminuta tanga negra. Con dos dedos, presionó la tela húmeda de su entrepierna y cerró los ojos al sentir la presión directa contra su clítoris.
—Estás como una dulce y sumisa puta, inclinada ante mí, Claudia… —murmuró él, entre dientes.
—Y tú estás como un buen cerdito caliente, ¿no? —le respondió con una sonrisa perversa.
—Eso no es semen, ¿verdad? —le dijo, provocadora, rozando finamente la punta del pene con su lengua, esparciendo el líquido como quien juega con fuego—. Aún no.
Se agachó lentamente. Sus uñas largas y pintadas lo rozaron apenas en el vientre. rozó sutilmente sus testículos, creando una gran excitación en él, le apartó la mano y rodeó su verga con su mano más hábil. Su piel era fría al principio, pero tersa, envolvente, con seguridad. Comenzó a masturbarlo con movimientos largos y fluidos, apretando en la base, subiendo hasta la punta con precisión.
—Tu verga tan rica, tan deliciosa… tan dura… ¿todo esto es para mí?
Lo rodeó con sus labios rojos, carnosos, calientes. La lengua lo lamió de lado a lado antes de llevárselo hasta el fondo, tragando más de lo que parecía posible. Se movía con ritmo, como si aquella felación la hiciera al ritmo de la mayor sinfonía, con sutileza, salpicándolo de saliva, succionando con gemidos bajos que vibraban directamente en su verga.
Calor. Succión. Lengua.
Claudia lo devoró lentamente, firme, muy profunda. El ritmo al principio fue cuidadoso, pero pronto se volvió hambriento. Sus labios se cerraban con fuerza, su lengua lo recorría con maestría, y cada vez que lo miraba desde abajo con la boca llena, él sentía que podía estallar en cualquier momento.
—No pares —murmuró él, con voz quebrada—. Por favor…
Ella no lo hizo. Aceleró el ritmo, escupiéndolo, cubriéndolo de saliva, masturbándolo con una mano mientras lo chupaba con furia contenida. Se lo metía hasta el fondo, tragando, gimiendo alto, dejando que el sonido húmedo llenara el pasillo.
Ella Bajó una mano a sus testículos y los acarició con delicadeza, rodeándolos con los dedos, masajeándolos mientras lo devoraba.
—Mierda… —gimió él, apoyando su mano derecha en la pared.
—Te gusta cómo te la chupo, ¿verdad? —dijo ella, jadeando con la boca húmeda, mirándolo desde abajo.
—Sí, mucho… no pares…
Y no paró. Volvió a metérselo hasta el fondo, lo sostuvo dentro de su garganta unos segundos, tragando, haciendo presión, y luego salió con un ruido húmedo, para volver a chuparlo con más hambre. Su lengua rodeaba la cabeza, jugueteaba con la uretra, lo apretaba con los labios mientras se acariciaba con la mano entre las piernas, masturbándose encima de su tanga empapada.
—¿Es esto lo que querías cuando dijiste esa grosería? —le dijo Claudia, con la boca húmeda, jadeando—. ¿Querías que te hiciera esto, ¿no? Pues ahora vas a correrte para mí. Y como no me gusta ver esto en el piso, entonces te correrás en mi boca, me lo darás todo.
Cuando él ya no pudo más, la agarró con deseo por la nuca, apretando fuerte sin lastimarla.
—Claudia… me voy a… correr…
Entonces él sintió cómo su cuerpo se arqueaba, cómo la presión se liberaba en una oleada caliente, recorriendo a toda prisa su verga buscando la salida. —Buena chica— gritó entre dientes mientras el semen salió a borbotones, llenando su boca, manchando su lengua, sus labios, parte de su mejilla. Ella no se apartó. Lo tomó todo, con una mezcla de furia y placer escrita en su rostro.
Cuando terminó, ella se incorporó despacio, se limpió con dos dedos, y se los chupó con placer. Lo miró fijo.
—Ahora sí —dijo con voz ronca, aún agitada—. Creo que puedo decir que no fuiste tú, aunque ahora ese baño me importa una mierda.
El deseo y lujuria que surgía entre ellos estaba por todo lado, el ambiente húmedo y denso, como el olor de sexo fresco en el aire cerrado del pasillo.
Él seguía respirando agitado, todavía de pie, con el cuerpo estremecido por el orgasmo reciente, la verga aún sensible, enrojecida, salpicada de su propio placer… y sin embargo, su mirada no se alejaba de Claudia. Porque algo en ella había cambiado. Ya no era solo lujuria. Era algo más oscuro. Algo que se estaba cocinando entre la culpa y el hambre.
Claudia se incorporó lentamente, se pasó la lengua por los labios, recogiendo el rastro de su semen aun tibio y que a pareciera ser lo más delicioso que probara en mucho tiempo .
—¿Qué acabamos de hacer…? —murmuró él, irónicamente.
Ella levantó la cabeza, lo miró fijo. Sus ojos eran fuego, pero también duda. Su pecho subía y bajaba, el encaje de su sostén se había deslizado un poco por un lado, revelando medio pezón erecto aun, bajo la blusa arrugada. Apretó los labios, y por un momento pareció que iba a decir algo suave… pero no.
—Te acabas de correr en mi boca, en mi cara… sin pensarlo, sin respeto, sin rodeos —escupió, y se cruzó de brazos, aún jadeante—. ¿Y ahora vienes con preguntas estúpidas?
—No… no es eso, Claudia. Es solo que… no creí que tuvieras tal intensidad —dijo él, aún medio incrédulo, sin moverse.
Ella soltó una carcajada baja, seca. Se acercó a él, todavía con la falda subida y la tanga pegada como una segunda piel entre sus labios mojados.
—¿Y tú qué sabes de lo que soy capaz? ¿De lo que quiero? —le respondió, deteniéndose tan cerca que su pecho rozaba el pecho de aquel sujeto—. ¿Tu crees que solo soy la mujer elegante, con buenos modales y un trabajo de prestigio? ¿ Crees que porque alquilo un cuarto tengo que fingir que no siento nada por ti?
Pues déjame decirte que no. No entiendo lo que ha sucedido, pero has despertado en mi algo que nunca nadie ha podido hacer. No debimos, pero no me arrepiento ni por un puto segundo.
Luego de que Claudia dijera eso, él la miró. El deseo se estaba encendiendo de nuevo, como brasas bajo las cenizas.
Ella bajó la voz, ronca, grave, sucia, se acercó a su rostro y le dijo:
—Tú me miras como si yo fuera un puto sueño sucio. Y ahora lo soy. Porque cuando me dijiste eso —le tomó la mano y la puso de nuevo en su verga, que empezaba a endurecerse otra vez—… cuando me dijiste que te la hiciera… algo en mí despertó.
La voz de Claudia salió como un veneno dulce, rasposa por el deseo. Aún tenía la mano en su verga, sintiendo cómo volvía a endurecerse, cómo latía de nuevo contra su palma caliente. Sus labios bajaban, lentos, con una promesa impía escrita en su boca.
—Pero perspicazmente el inquilino la detiene— ¿A dónde crees que vas?— entonces la toma por el cuello, la coloca contra la pared y le dice —Ahora es mi turno. —
Y justo cuando él iba a comenzar su retribución, cuando en su cabeza ya habían cosas perversas que estaba a punto de darle a Claudia…
Toc, toc.
Unos golpes secos en la puerta principal rompieron el aire como un latigazo.
Ambos se congelaron.
Unos golpes secos en la puerta principal rompieron el aire armónico y privado como un sablazo.
Ambos se congelaron al instante. —Nos descubrieron— pensaron.
Un silencio espeso cayó sobre ellos, y luego la voz inconfundible, aguda y molesta, masculina:
—¡Claudia! ¡cariño, soy yo!
Ella se quedó completamente inmóvil. Su rostro cambió en un segundo. Sus ojos se abrieron como si la hubieran despertado de un trance. El cuerpo aún tembloroso, la respiración agitada… pero el alma paralizada. Rápidamente se sacudió, se arregló la falda, subió la tanga con un gesto brusco, y se apartó.
—Maldita sea… —susurró ella, mirando hacia la entrada—. Es Tom.
Él no dijo nada. Aún tenía la verga dura, húmeda, expuesta. El contraste entre la erección y el miedo fue brutal. Como si la realidad acabara de irrumpir en medio de una fantasía prohibida.
Él respiró hondo, su verga aún palpitaba al aire, húmeda, desafiante. Comenzó a subirse los pantalones lentamente, sin apuro, como si el peligro a la puerta fuera solo un espectador más de lo que acababa de ocurrir.
Claudia lo miró como queriendo apresurarlo con su cabeza, en silencio, señalándole el pasillo con urgencia. Pero él sonrió, ladeando la cabeza, con esa mezcla venenosa de descaro y sarcasmo:
—¿Ahora sí quieres que me suba los pantalones rápido?
Ella apretó los labios, conteniendo una risa que casi le estalla en la garganta. La situación era tan absurda como excitante. Lo fulminó con la mirada, pero no dijo nada. Solo giró sobre la punta de sus pies y dio dos pasos hacia la puerta mientras se arreglaba el cabello con dedos temblorosos. Pero la mano del inquilino la tomó rápidamente y la jaló hacia él.
—La vio a los ojos por un par de segundos y ella simplemente lo siguió. La agarro por el cuello, la vio fijamente y la besó apasionadamente, mientras metía dos dedos de su mano libre en su vagina, a lo que ella soltó un levé jadeo. Los sacó y los metió una, dos y tres veces. Luego los llevó a la boca de Claudia y los colocó en sus labios, ella abrió su boca y los chupó. Él lo hizo en seguida y le dijo y le dijo — Este delicioso olor lo llevaré conmigo mientras atiendes la puerta, aunque mejor, iré a preparar mis cosas para irme — a lo que Claudia con una mirada de enojo le respondió en voz baja — «te mato si haces eso». — Él sonrió presumido y se marchó a su habitación.
Continuará… Cáp 2

