No te atrevas a rendirte.
No después de todo lo que fuiste, de todo lo que soñamos con los ojos abiertos y las manos heridas.
No después de aprender que caer no es lo mismo que dejarse vencer.
No te atrevas a olvidar quién eras cuando creías en tí.
Cuando tu risa rompía la sombra de aquellos días grises que viviste.
Cuando tu alma tenía ganas de vivir, de soñar, y nada —ni siquiera el miedo— te encadenaba.
No te atrevas a decir que fue en vano.
Cada paso, cada abrazo, cada lágrima que ardió como fuego sagrado,
forjó en ti una historia que vale ser contada, aunque yo ya no la escuche.
No te atrevas a elegir la comodidad del silencio sobre la batalla de tu voz.
Tú no naciste para quedarte quieta.
Tú eres como una tormenta que se forma en medio del caos.
Eres como una raíz que atraviesa el asfalto, sin pedir permiso.
No te atrevas a soltar tus sueños por miedo a caminar sola.
Aunque mis pasos ya no te acompañen,
aunque mis brazos ya no te encuentren en la madrugada,
yo fui testigo de tu fuerza, de tu valentía, de tu perseverancia,
y sería una traición a todo lo que fuimos que tú lo olvides.
No te atrevas a detenerte justo ahora,
cuando estás tan cerca de convertirte en lo que siempre anhelaste:
una mujer libre.
Una mujer viva.
Una mujer que no pide permiso, que hace lo que su corazón le dicta.
Si alguna vez te enseñé algo,
que haya sido esto:
que rendirse no es una opción,
que las heridas y tristezas también son parte del viaje,
que la soledad no es castigo, es una decisión,
y que el amor —a veces— también se demuestra al dejar ir.
Así que vuela.
Pero jamás te atrevas a renunciar a ti.
Stiven Borda

