Ella caminaba entre pasillos fríos, con una tranquilidad que desafiaba el caos de aquel lugar. Yo, que antes pasaba desapercibido entre la multitud, empecé a mirar el mundo de forma diferente. Me gustaba verla concentrada, con el ceño apenas fruncido y esa costumbre de jugar con sus miradas, como si en cada momento liberara una parte de su alma.
Me acerqué un día con una excusa cualquiera. Algo tonto, algo que sirviera de pretexto. Pero ella respondió con una sonrisa suave y un “gracias” que todavía escucho en silencio, cada vez que recuerdo aquel momento.
Después supe que el 71 era su número, ese que solo la caracterizaba a ella, en ese triste y duro trabajo. Un lugar donde se descubrió valiente, capaz, fuerte. Donde lloró un día, y al siguiente conquistó todo, incluso a mí. Donde comprendió que no era solo una más, sino alguien imposible de ignorar.
Con el tiempo, empecé a escribirle en pequeños trozos de papel. Pero también le dejaba mensajes en la forma en que la miraba, en los silencios cómodos que compartíamos, en el peligro que nos rodeaba.
No necesitábamos demasiadas palabras. De hecho, a veces no necesitábamos ni una sola sílaba. Ella era todo lo que siempre supe poner en oración, un sueño sin cumplir y, sin embargo, con tan solo verla, me era suficiente para soñar una vida a su lado.
Cuando por fin nuestras manos se rozaron fugazmente, entendí que a veces el amor llega sin hacer ruido. Como un permiso para besar sus labios y acariciarle el alma. Como un número tatuado en el corazón. Como un 71.
Desde entonces, el 71 ya no era solo suyo. Era nuestro.
Un punto de partida, una historia por contar y mil sueños por cumplir.
Un amor que todavía vive, aunque el uniforme ya no lo lleve.
Stiven Borda

